Nosotros mismos hemos oído
y sabemos que éste
es verdaderamente
el salvador del mundo.
Jesús se sienta junto al pozo de Jacob,
en Samaria, y se encuentra con una mujer.
Sola, sin nombre, ella nunca debería haber
cruzado el camino del Mesías, al menos
según las reglas de la época. En cambio,
Jesús «tenía que atravesar Samaría»
no por necesidad geográfica, sino por una
urgencia interior, por un deber de amor.
No es una casualidad, es una cita divina.
En esa región considerada impura, habitada
por gente “contaminada”, Jesús va con
determinación. Porque allí hay sed,
hay un corazón que busca,
quizás confundido, pero verdadero.
Ese “tener que atravesar” viene impuesto
por la lógica del Evangelio.
Jesús va donde otros no quieren ir.
Va donde la religión oficial no se aventura.
Porque el amor de Dios no tiene límites.
© Monache benedettine del monastero di Sant’Anna a Bastia Umbra,
Schizzi di Vangelo, Paoline 2025

