Los sepulcros
se abrieron
y muchos cuerpos
de santos que habían muerto
resucitaron.
Mientras los gritos de “Hosanna” resuenan como los
que reservamos para las gloriosas hazañas humanas,
entra en juego nuestra humanidad:
la jornada laboral, el cansancio familiar, el dolor no expresado.
Todo es asumido y transfigurado por la presencia de Aquel
que «no romperá la caña quebrada» (Is 42,3).
Sí, precisamente nuestra humanidad
entra con él en Jerusalén,
para comenzar un tiempo nuevo,
un camino que no es evasión
de la realidad, sino inmersión en ella,
iluminada por otra luz.
Este tiempo, que trasciende
la contabilidad de las agendas, estará
marcado por el ritmo solemne y tierno
de la liturgia, por el poder silencioso de la Palabra,
por los aromas del incienso y del pan,
por los gestos pequeños,
pero cargados de eternidad.
© Monache benedettine del monastero di Sant’Anna a Bastia Umbra,
Schizzi di Vangelo, Paoline 2025

