Primer domingo de Adviento 2018

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¡Deja volar tu corazón!

Que sus corazones no se apesadumbren (Lc 21,34).

Tal vez te haya sucedido también a ti sentir ‘el corazón apesadumbrado’, aplastado por la tristeza, el dolor, la desilusión o agitado por las preocupaciones, la fatiga, la falta de relaciones profundas, portadoras de sentido y de futuro. Cuando el corazón pesa, ¡duele! Y si el corazón sufre, está impulsado a huir de la realidad, de lo cotidiano, de las relaciones concretas y de las dificultades, para encontrar caminos y espacios «¡alternativos!». Sin embargo, el corazón está hecho para volar: para soñar, para amar, para crear nuevos espacios de vida y abrir nuevos caminos en los desiertos del mundo.

Entonces, ¿qué estás esperando? ¡Es la hora de salvar tu corazón, de llevarlo por los caminos de la Verdad! Este es el deseo más sincero que te llega del primer Domingo de Adviento: «El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. Estad atentos, para que vuestros corazones no se apesadumbren» (Lc 21,33-34). ¡Hay un misterioso vínculo entre la palabra de Dios y nuestro corazón! En el maravilloso y sorprendente mundo de la Biblia, el término hebraico lev,corazón, realmente es una palabra muy pequeña, pero según los maestros de Israel está destinada a grandes cosas. De hecho, sus dos consonantes corresponden a la primera y última letra del Pentateuco o más bien, de la Torah (que significa guía, enseñanza, luz); casi como querer decir que el corazón está hecho para las Sagradas Escrituras y las Sagradas Escrituras para el corazón.

 Aquí está para ti el secreto de los peregrinos de Dios: el corazón puede contener la Palabra, fuente de verdadera alegría y de esperanza para todos y la Palabra revela el misterio de tu identidad y de tu vocación, porque «de ti está escrito en el rollo del libro» (cfr. Sal 40,8). En esta dinámica reciprocidad se encienden las chispas de sentido: «¿No ardía nuestro corazón en nuestro interior, mientras él nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?» (Lc 24,32).

Busca la alegría en el Señor:
él te dará lo que desea tu corazón.
Encomienda al Señor tu camino,
confía en él, que él actuará
(Sal 37,4-5).

Francesca Pratillo, fsp

 


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