3º domingo de Adviento 2018

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REGALA LO MEJOR DE TI

El que tenga dos túnicas, dé una al que no tiene (Lc 3,11).

Quizás también tú has probado de buscar el regalo más hermoso para una persona que está particularmente cerca de tu corazón. Un regalo especial, único y original; en definitiva, que sea a la altura de la situación y sobre todo, que pueda ser apreciado por quien lo recibe. Hacer un regalo, apreciado de alguna manera significa conocer los gustos y los deseos de la otra persona, pero al mismo tiempo estar dispuesto a dar algo de ti mismo.

En este tercer domingo de Adviento, llamado también domingo de la alegría, el evangelista Lucas te invita a hacer un regalo muy especial a todos aquellos que encontrarás en tu camino: «una túnica». ¡Sí, precisamente una túnica! Se trata de un vestido que no lo puedes comprar en ningún negocio del mundo. Sólo el corazón tiene el hilo para tejerlo. Para comprenderlo mejor, te cuento una historia: la primera vez que un ser humano trató de vestirse, fue con hojas de higuera (cf Gn 3, 7); Lástima que solo fuera un manto de defensa: entre vergüenza y desobediencia, miedo y el  esconderse. La segunda vez que Dios mismo probó hacerlo: confeccionó «túnicas de piel» para envolver y preservar en el amor la fragilidad de sus criaturas. Dios fue el primero en vivir el apelo del Adviento: «el que tenga dos túnicas, dé una al que no tiene».

Pero la túnica esconde otro misterio que la Biblia desea entregarte hoy. Cuando el libro del Génesis (3,21) habla de túnicas de piel, juega con la similitud de las palabras. Los maestros de Israel nos enseñan que de la semejanza de las palabras nacen nuevas chispas de significado. Ahora la palabra «piel» en la Biblia hebraica está escrita así: `ôr. Pero existe otra palabrita muy similar, con el mismo sonido y es ´ôr, que significa «luz». De las pieles a la luz: el paso no es breve, pero si posible. Regalar una túnica a quien no la tiene, significa regalar «lo Mejor de ti», es decir, aquella luz que sólo Dios la puede encender…

¡Bendice al Señor, alma mía!
¡Señor, Dios mío, que grande eres!
Vestido de majestad y de esplendor,
envuelto en un manto de luz

(Sal 104,1-2)

Francesca Pratillo, fsp

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