Entrar en el espíritu del Pacto o Secreto de éxito

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Guido Gandolfo, ssp

La revelación de Jesús Eucarístico, al joven Alberione, en la noche del paso del siglo es sentida por él como “decisiva” para la comprensión de su vocación: «La noche que divide el siglo pasado del corriente, fue decisiva para la específica misión y espíritu particular en el cual nacería y sería vivido su futuro Apostolado…» (AD 13). El joven percibe con mayor claridad la invitación de Jesús: «Venite ad me omnes»: «Una particular luz viene de la Hostia santa, mayor comprensión de la invitación de Jesús “venite ad me omnes”; le pareció comprender el corazón del gran Papa, las invitaciones de la Iglesia y la verdadera misión del Sacerdote» (AD 15).

Siente el deber dar su adhesión al apelo del Señor, asociando a sí a otras personas. Tiene una sensación bastante clara de su propia nulidad, pero junto a esta siente «que en Jesús – Hostia podía tener luz, alimento, consuelo y victoria sobre el mal» (AD 15).

Para tal misión es indispensable una gran formación intelectual, a pesar de las pocas horas que él y los jóvenes han de dedicar al estudio. De ahí la convicción de “recibir inmediatamente de Dios”, haciendo con Él un Pacto claro, en un clima de mucha fe: «Esta fe es esencial en el espíritu de la Casa (como él llama a su Instituto); como es nuevo el espíritu, así tiene nuevos medios: uno de los principales, parte esencial del espíritu, es la fe de aprender, sin tanto estudio» (palabras reportadas por Timoteo Giaccardo en el Diario, 13 de marzo de 1918). Por esto él explica la naturaleza del estudio en Casa: «estudiar medio tiempo y aprender el doble»; es decir, estudiar una hora y aprender por cuatro.

Aún más necesario para la altísima misión recibida, se revela decisiva la orientación hacia la santidad. Para este fin, he aquí P. Alberione a enseñar a “multiplicar el curso sobre la via de la santidad”: «Ustedes deben hacer una multiplicación: haciendo un esfuerzo, deben ganar por diez, haciendo un examen de consciencia… progresar en la santidad como en diez exámenes, en una Comunión como en diez Comuniones…

Porque el Señor los llama a una altísima santidad, a la cual no pueden llegar sólo con sus fuerzas y con las gracias ordinarias… Sobre su consciencia pesan un millón, tres millones, diez millones de almas…por eso deben ser muy santos y más santos que el común de los sacerdotes. Se trata de salvar muchas almas, de salvar diez millones o de salvar sólo un millón…», (Diario, 25 de enero de 1919).

Seguidamente los ámbitos del Pacto se convierten en cuatro, como cuatro son las ruedas del “carro paulino”: al estudio y a la santidad el Fundador agrega el apostolado y la pobreza.

Resulta muy evidente, desde la primera formulación recuperada (anterior al 1922), la consciencia de la altísima misión recibida: «Nosotros debemos corresponder a toda tu altísima voluntad, llegar al grado de perfección y gloria celestial, a que nos has destinado, humildemente y santamente ejercitar nuestro Divino apostolado: por tu gloria y la paz de los hombres».

Y las proporciones son bien precisas: se pide al Señor de concedernos «haciéndonos aprender el cuatro por uno, dándonos de santidad el diez por uno, de habilidad al trabajo el cinco por uno y de bienes materiales el seis por uno».

Para el Pacto están involucrados, como sabemos bien, dos garantes muy dignos de confianza: María Reina de los Apóstoles y san Pablo Apóstol.

Tratándose de un Pacto, de una alianza, están bien definidos – como podemos constatar por la primera versión manuscrita – los compromisos recíprocos:

– Por parte nuestra: «confiando en tu misericordia, prometemos y nos obligamos: a buscar en cada cosa y con todo corazón, en la vida y en el apostolado, sólo y siempre tu gloria y la paz de los hombres»;

– Por parte del Maestro Divino: «Contamos con que por Tu Parte quieras darnos todo como por agregado: el espíritu bueno, la gracia, la ciencia y los medios de bien. Multipliquen, según su misericordia particular, para nosotros los frutos de nuestro trabajo espiritual, del estudio, del apostolado y de la pobreza».

En ocasión del primer centenario del Pacto, por todos nosotros, es vivida como una preciosa oportunidad, para entrar siempre mejor en el espíritu de tal Alianza: se comprende bien que no se trata sólo de una oración para “recitar” a menudo, sino de un verdadero y preciso Pacto para suscribir y vivir con profunda fe.

Guido Gandolfo, ssp


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