Pascua de Resurrección 2026

Carta de la superiora general Hna. Mari Lucia Kim

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Queridas hermanas y jóvenes en formación,

Cristo ha resucitado. ¡Verdaderamente ha resucitado! ¡Aleluya, aleluya!
Que la resurrección de Cristo les traiga gracia y paz a cada una de ustedes y sea la esperanza que sostenga y renueve sus vidas.
A través de la muerte y la resurrección de Cristo, la historia de la salvación de Dios ha llegado a su plenitud. Demos gracias al Señor, que nos ha invitado a participar en este misterio pascual, y dejemos que la luz de la resurrección penetre en nuestro corazón, para «saber ver la certeza de la Pascua en cada tribulación de la vida».
En el Evangelio de Mateo, Cristo resucitado sale al encuentro de las dos mujeres, María Magdalena y la otra María: llena sus corazones de una alegría nueva y desbordante, capaz de disipar todo miedo, incertidumbre y desconcierto. En este encuentro, las dos mujeres están llamadas a pasar del miedo a la confianza, del silencio al anuncio, convirtiéndose así en las primeras testigos de la resurrección. El encuentro con Cristo resucitado nunca nos deja igual, sino que nos capacita para una nueva misión, basada en la esperanza.
No es casualidad que Él les confíe precisamente a ellas esta tarea: mujeres que, en el contexto cultural de la época, no gozaban de pleno reconocimiento de su dignidad y a las que no se les concedía el derecho a dar testimonio. De este modo se manifiesta la lógica paradójica de Dios: así como su sabiduría y su fuerza se revelaron en la debilidad de la cruz, también el anuncio de la resurrección se confía a quienes el mundo considera pequeños e insignificantes.
«No teman; vayan y anuncien a mis hermanos que vayan a Galilea y que allí me verán» (Mt 28,10).
Galilea, lugar de la vida cotidiana y del inicio del seguimiento, se convierte así en el signo de un nuevo comienzo, donde cada discípulo está llamado a reencontrarse con el Resucitado y a renovar su fe. En este contexto, también la misión de las dos mujeres se convierte en paradigma de la misión de la Iglesia: salir, anunciar y conducir a los demás al encuentro con el Señor  vivo.
El misterio pascual de Cristo se fundamenta en su relación filial con el Padre: una confianza total y una adhesión plena a su plan de salvación. Jesús vive su identidad de Hijo predilecto en la entrega total de sí mismo, hasta la muerte en la cruz, sin reservarse nada. Precisamente en esta entrega se revela también la verdad de nuestra identidad: somos hijos e hijas del Padre, creados a su imagen y llamados a participar de su vida.
¿Quo Vadis, Humanitas? afirma que el ser humano es: «un ser dotado de potencialidades inscritas en su naturaleza inteligente y espiritual, pero también de fragilidad, sujeto a la muerte y a la enfermedad… La experiencia religiosa, y en particular la fe cristiana, propone vivir esta ambivalencia entre la grandeza y los límites de lo humano, interpretándola a la luz de la relación originaria y fundacional con Dios… Necesitamos ser conscientes de que estamos necesitados de salvación: ¡Cristo nos salva hoy!».
Sin embargo, gran parte de la humanidad parece vivir sin ser plenamente consciente de su identidad ni de la dirección de su camino. Fluye como un gran río, a menudo sin preguntarse por el sentido último de la vida, sin un auténtico deseo de salvación o de vida eterna. Esta situación hace aún más actual y urgente la pregunta planteada con profunda preocupación por el Beato Santiago Alberione: «¿Hacia dónde camina, cómo camina, hacia qué meta camina esta humanidad que se renueva continuamente sobre la faz de la tierra?».
Esta pregunta nos interpela profundamente también a nosotras, llamadas a acompañar a cada persona para que redescubra, en el encuentro vivo con Cristo, Camino, Verdad y Vida, su auténtica identidad: la de ser hijos de Dios amados. Una identidad que encuentra su plena realización en la comunión con Dios, que se entrega por amor.
En esta misión, sentimos la necesidad de renovar nuestro compromiso de ser una presencia cercana, discreta y fiel junto a cada camino humano. Nos comprometemos a escuchar en profundidad las preguntas, las expectativas y los temores que habitan en el corazón humano, para acompañarlos hacia una esperanza renovada en Cristo.
Siguiendo el ejemplo del apóstol Pablo, deseamos convertirnos en compañeras de viaje, capaces de acompañar con paciencia y amor incluso los caminos más complejos y marcados por el dolor, con la confianza de que toda vida puede ser transformada por el misterio pascual, hasta que, «Cristo sea formado en ellos» (cf. Gál 4,19).
María, que «acogió su vida como vocación y así realizó su identidad personal en el cumplimiento de la misión que se le había confiado, para que se cumpliera el designio de amor de Dios Trinidad para toda la humanidad», s para nosotros madre y maestra en el camino apostólico. A ella confiamos nuestra fe y nuestra misión, para que nos convierta en instrumentos dóciles de la gracia de Dios y en testigos alegres de la resurrección.
Por último, recemos por la paz en el mundo: que el Señor consuele a quienes sufren a causa de la guerra, les devuelva la esperanza y nos guíe a todos hacia una paz auténtica, basada en el perdón y la reconciliación.
Con cariño y gratitud, junto con las hermanas del gobierno general, les deseo una luminosa Pascua de resurrección. Que este deseo se extienda a sus familiares, colaboradores y cooperadores, amigos y benefactores.

Con gran afecto, en comunión de alegría y esperanza,

Hna. Mari Lucia Kim
y Hermanas del gobierno general


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