Pascua de Resurrección 2019

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Hch 10, 34.37-43; Sal. 117; Col 3, 1-4; Jn 20, 1-9

¡Cristo ha resucitado! ¡Aleluya!

“¡Cristo ha resucitado, verdaderamente ha resucitado! ¡Aleluya!”

Con estas simples palabras de los primeros cristianos, deseo augurarles una Santa Pascua, para que jamás se apague en nosotros la luz de la esperanza y no disminuya el coraje de la fe. En efecto, la Pascua nos pide de no ceder, de no retroceder y de no rendirnos. Estamos llamados a responder a quien “nos pide dar razón de nuestra esperanza”. Cada uno de nosotros está llamado a sumergir la propia vida en el misterio pascual de la pasión, muerte y resurrección de Jesús. En este gran don vivimos la experiencia de Dios que pasa (significado de la palabra pascua) y está junto al hombre en el momento justo del límite humano. Podemos ir más allá de todo límite, pero siempre habrá un límite insuperable o un fin inevitable. ¡Dios está precisamente allí! No podría donarnos la vida si Él no hubiese atravesado precisamente el límite supremo del hombre: la muerte. Donde el hombre está obligado a detenerse, Dios va más allá.

En la liturgia de la Vigilia Pascual, cuando la luz del Cirio ilumina la noche, estas palabras resuenan en toda la Iglesia:

“Esta es la noche en que Cristo, rompiendo todo vínculo con la muerte asciende victorioso del sepulcro. ¡Oh, inmensidad de tu amor por nosotros! ¡Oh, signo incomparable de tu bondad: para rescatar al esclavo, sacrificaste a tu Hijo! El santo misterio de esta noche ahuyenta el mal, lava las culpas, devuelve la inocencia a los pecadores y la alegría a los afligidos. Disipa el odio, dobla la dureza de los poderosos, promueve la concordia y la paz. ¡Oh, noche verdaderamente dichosa en que se une el cielo con la tierra y el hombre con su creador!” (Pregón pascual).

No puedo ocultarles, cada vez que releo este paso del Pregón, siento un escalofrío que corre por la espalda y siento una caricia en la piel del alma: cierro los ojos y me dejo aferrar por la fuerza impactante y sublime del amor misericordioso de Dios, que no sólo perdona el pecado, sino que restaura la inocencia. Es así: Dios levanta después de las caídas, reconstruye después de los colapsos, abre el corazón después de los cerrojos, ilumina los ojos después de las tinieblas de las cataratas, da fuerza y vigor después de los esfuerzos y derrotas.

Por esto amo la Pascua: porque cada vez me doy cuenta que Dios, no se ha cansado de mí. Cómo me gustaría tener siempre en mí el don de la inocencia devuelta, la alegría de haber sido redimido y liberado al precio de la vida del Hijo. Quedo sin palabras, porque me gustaría corresponder en el mejor modo posible… y entiendo que la verdadera Pascua es dejarse abrazar por el amor de Dios: un amor que transforma cada día nuestro en aquel “primer día de la semana”.

¡Santa Pascua!

Salmo 117, 23

La piedra que desecharon los constructores
es ahora la piedra angular;
esto ha sido hecho por el Señor:
y es admirable a nuestros ojos.

P. Giovanni Di Vitopárroco de los Ss. Erasmo y Martino, Bojano (CB)

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