Pascua de Resurrección 2017

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Hch. 10, 34. 37-43; Sal. 117; Col 3, 1-4; Jn. 20, 1-9

De las tinieblas, a la Luz eterna

 

He aquí: hemos llegado al “día nuevo”, el Octavo día, aquel generado por la noche de las noches. La noche “más luminosa ” del día que ilumina cada una de nuestras noches, en la cual es necesario vigilar.

La noche en la cual hemos sido creados de la nada, improvisamente, como un prodigio hemos comenzado a existir. La noche de la prueba, cuando la fe parece una veleidad que alimenta sólo ilusiones y falsas esperanzas. La noche en la cual nos parece que la vida nos haya conducido a un callejón sin salida y, a seguir adelante¨; parece como un mar intransitable, asediados por amenazas de muerte. Como también aquella en la cual comprendemos de haber desperdiciado el tiempo sin haberlo empleado y vivido generalmente por cosas que realmente podían alimentar el alma y saciar el corazón. ¡La noche de la muerte que devora cada vida, nuestra vida, ahora es vencida por la Luz! Como las Mirofore que muy temprano – cuando todavía estaba oscuro fueron al sepulcro – así corremos también nosotros para encontrar la confirmación de nuestra fe no vinculada a los desvaríos de las mujeres. Ellas fueron con la convicción de encontrar un “muerto” sobre quien llorar y encontraron a un Viviente por el cual gozar; cuántas veces las personas vienen a buscar al Viviente en nuestras comunidades y no lo encuentran sino en el recuerdo de un muerto sobre al cual llorar. Seguimos queriendo “ungir” un recuerdo del pasado, en vez de perfumar la vida con nuestro anunciar al Viviente presente hoy.

Después de los días de la pasión dejémonos impresionar por el anuncio que el Resucitado es justamente el crucificado, no “otro”. Creemos que incluso nuestras cruces serán transformadas en estandarte de gloria .Con Él seremos portadores de luz y calor en la oscuridad del mundo, un fuego que la Estrella de la mañana encontrará todavía encendido. Dejémonos tocar por la fuente de agua viva surgida de su corazón: nuestras arideces florecerán en el jardín nuevo del cual – desde aquel primer día después del Sábado – el guardián resultó ser el mismo Cristo, con tal aparición a la Magdalena. Hagámonos portadores de la esperanza que no defrauda, buscando las “cosas de arriba“, donde se encuentra Cristo. Abandonemos nuestras sepulturas de dolor, de miedo, de pecado y de muerte. ¡Si nos parece imposible con nuestras fuerzas, por ser demasiado grande la piedra que nos encierra en ellas, no temamos: el terremoto, de la Vida puede destruir todo y hacernos resurgir con el Señor!

Oración

¡Señor Jesús,
remueve nuestras tierras muertas
bañadas con la sangre de tantos dolores inocentes;
sácanos de nuestros sepulcros
y condúcenos a todos Contigo,
hacia los caminos del Cielo
con la fe de los pequeños,
la esperanza de los sencillos
y el amor de los humildes!

don Massimo TellanParroco di San Giovanni Crisostomo, Roma

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