«¡Envíame a mí!»

Hna. Emma Marie Umurerwa Ruhunga

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Soy la sexta de once hijos; recibí l el don de la fe a través de mis padres, una fe abierta al Dios del amor y de la fidelidad. Desde niña mis padres me enseñaron a rezar todos los días.
Hna. Emma Marie Umurerwa RuhungaRuanda

Mi nombre es Emma Marie Umurerwa Ruhunga, soy ciudadana ruandés y soy miembro de la comunidad paulina de Abijan, Costa de Marfil. Ruanda es un país del este de África oriental que limita con la República Democrática del Congo, de Uganda, Tanzania y Burundi. Nací en 1951 en Ruanda, pero por diversas razones, nueve años después mi familia abandonó el país y se trasladó a la República Democrática del Congo, donde me crié. En 1995 mi familia regresó a Ruanda.

Soy la sexta de once hijos; recibí l el don de la fe a través de mis padres, una fe abierta al Dios del amor y de la fidelidad. Desde niña mis padres me enseñaron a rezar todos los días. Ir a la iglesia, el rosario a la Virgen, el amor al prójimo, la atención particular a los ancianos, a los que sufren y a los pobres era el ambiente de fe y de caridad que respiré desde niña. Mi madre, con el fin de ayudar a los demás, era capaz de renunciar también a lo necesario para darlo a los más necesitados, actitud que conserva hasta hoy.

Con el paso de los años creció en mí el deseo de Dios, de su amor fiel. En mi corazón sentía una gran sed de Absoluto. Pero mientras Dios me llamaba a seguirlo más de cerca, yo cerraba mi oído a su voz y a su invitación. Yo quería manejar mi vida. Sólo más tarde comprendí que Dios era paciente al realizar su plan en nosotros y guiarnos por sus caminos desconocidos. En mi parroquia conocí a las Hijas de San Pablo. Día a día iba descubriendo la riqueza y la profundidad de la Palabra de Dios. Así nació el deseo de consagrarme a Él.

En el 25º aniversario de la presencia de las Hijas de San Pablo en Congo, durante la Misa, me sentí interpelada por las palabras del profeta Isaías: « ¿A quién mandaré?». Aquel mismo año participé a un retiro espiritual, el cual fue decisivo para mi vocación. Entré en la congregación de las Hijas de San Pablo de la ciudad de Kinshasa, donde trabajaba. Entendí que la misión paulina en el mundo era lo que sentía más mía: anunciar el Evangelio a todos los hombres con todos los medios.

Hoy, después de veintiocho años de vida paulina, agradezco a Dios por todas las gracias que me ha concedido, tanto en los momentos de alegría como en los momentos de dolor. Vivo como un don precioso pertenecer a la Familia Paulina y poder realizar un maravilloso apostolado. Creo que puedo decir con el apóstol Pablo: « ¡Ay de mí si no evangelizara!», y en mi vida cotidiana soy feliz de poder dar mi pequeño aporte en Costa de Marfil, a través de nuestra misión al servicio del Evangelio.

Emma Marie Umurerwa Ruhunga, fsp