5º domingo de Cuaresma 2011

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Todo ocurre cerca del Monte de los Olivos, aproximadamente a tres kilómetros de Jerusalén. La pequeña familia de Betania a menudo acoge a Jesús cansado y fatigado por los largos viajes para hacerlo reposar en el perfumado bálsamo de la amistad. Un profundo amor ligaba Jesús a Lázaro, a Marta y a María. Para ellos Jesús es el Maestro, el Amigo único, la Verdad siempre esperada, el Sentido mismo de la vida, y los hermanos de Betania son para él los discípulos amados, la familia íntima nacida del seno de la Palabra custodiada. En Betania Jesús se siente en su casa: escuchado, amado, acogido y recibido también cuando sus pasos se dirigen decididamente hacia Jerusalén.
Pero como en todas las cosas más bellas también llega el día de la oscuridad, del sufrimiento y de la muerte. La amistad está puesta a la prueba de la aflicción debido a la enfermedad y a la consiguiente desaparición de Lázaro, persona amada (Betania, Bēt-ʹanyā, en hebraico «casa de la aflicción»). Pero los afligidos serán consolados…
Aquí es justamente cuando Jesús revela el punto más alto de su identidad: «Yo soy la Resurrección» (del sustantivo greco anastasis que a su vez viene del verbo anistēmi: levantar, poner arriba, hacer salir, hacer resurgir). En la prueba y en el dolor todos estamos llamados a un éxodo sin retorno. Un salir de nosotros mismos para ir al encuentro de Jesús, ya que sólo él puede sostener el corazón que llora. Marta sale de sus seguridades y va generosamente al encuentro del amor de su Señor; María vence las insuficientes consolaciones de los judíos que tratan en vano de entretenerla para responder rápidamente a la amada voz del Maestro; al final Lázaro, alcanzado por aquel grito que desgarran las tinieblas, sale fuera del sepulcro de la no-esperanza.
¿Cómo es que Jesús antes de ser el Resucitado se revela Resurrección? ¿Por qué esta última revelación le costará la vida? Jesús pone sobre la palabra «resurrección» el sigilo de su amor a fin de que con Marta, María y Lázaro pudiéramos también nosotros creer que, amándonos, él nos arranca del sepulcro del sin sentido, del vacío y de la desesperación. Amados por Jesús y como él, vivamos la resurrección de una vida-sin-fin ya aquí y ahora. Toda persona pasa de la muerte a la vida escuchando y viviendo la divina Palabra que genera en la cotidianidad la Betania de la eterna amistad donde cada uno puede escuchar la voz del Maestro que dice: «¡Te amo, tú no morirás!».

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