3º domingo de Cuaresma 2011

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Descendamos del monte de la Luz transfiguradora para reemprender nuestro viaje. El tercer domingo de Cuaresma nos lleva a Samaría y más preciso a Sicar, cerca del monte Garizín, en el corazón de Palestina. Jesús se detiene fatigado y sediento en el pozo de quien busca agua incansablemente. Una mujer, una samaritana busca el amor sin fin. No sabe que la fuente de tal deseo no pertenece al pozo que ella conoce desde siempre, fácilmente alcanzable, a la mano de todos. No se encuentra ni siquiera en el pozo de la Ley, o en las estrechas perspectivas de una confusa religiosidad, sino en el inesperado encuentro con Aquel que posee el Agua viva del Espíritu. Un Agua siempre fresca que corriendo crea, transfigura y vivifica.

El largo diálogo entre la mujer desconocida y Jesús alcanza su ápice cuando la samaritana toca el aspecto religioso de la vida: “¿Dónde adorar a Dios?”. Este es el misterio de todos los tiempos: la búsqueda del lugar de culto, de la seguridad espiritual, del “dónde” relacionarse con Dios. Búsqueda que puede transformarse en tentación sutil de ¡poseer a Dios! Dar a Dios un lugar fijo, para poderlo aprisionar entre las barreras religiosas de extrañas ideologías sin consistencia, es un serio peligro para la vida de muchos. Por esto la mujer samaritana se ha hecho partícipe de una de las más grandes revelaciones de Jesús sobre Dios: «Créeme mujer, ha llegado la hora en la cual los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad… Dios es Espíritu…» (Jn 4,23-24). Ha llegado la hora de adorar a Dios en el Señor Jesús: él es el templo, el monte donde adorar a Dios. Jesús es la Verdad fiel en la cual podemos entrar solamente gracias al Espíritu. Si Jesús es el lugar donde adorar al Padre, el Espíritu es el lugar donde adorar a Jesús.

El término “espíritu”, traducido con el greco pneuma y el hebraico ruah, quita toda humana ilusión de poseer a Dios ni siquiera “en conceptos”: ya que bíblicamente “espíritu” quiere decir “murmullo”, “hálito”, “infinito”, “viento” que atraviesa la inmensidad sin ser visto, ni limitado. Es Espíritu sopla donde quiere y no sabe de dónde viene ni a dónde va, al máximo siente la voz que silenciosamente se esconde en la fuente viva de una Palabra eterna.


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