Perseguida por el Detective del Cielo

Sor Carmencita Garcia

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Sor Carmencita GarciaFilippine

El relato de mi llamado

La vocación es una respuesta al misterioso don de la llamada de Dios: « Ustedes no me eligieron a mí, yo los elegí a ustedes.» 16 (Jn 15,16).

Soy Hna. Carmencita García, misionera filipina en Italia. En este 24° aiversario de mi profesión religiosa, es un privilegio mirar mi camino de fe y mi relación de amor con el Maestro Divino.

Soy la mayor de cinco hijos y crecí en una familia católica. Mis padres, especialmente mi madre, ha abierto el camino a mi vocación. Desde pequeña, con ocasión de mi cumpleaños, era solicita en llevarme al monasterio carmelitano para encender una vela en agradecimiento por el año transcurrido, (nací el día de la fiesta de la Virgen del Monte Carmelo).Esta práctica anual despertó mi curiosidad e interés por aquellas hermanas que veía detrás de las rejas y que cantaban con voces angelicales.

Pero, creciendo, abandoné el pensamiento del monasterio carmelita y me concentré en los estudios, asistiendo a la Universidad en la facultad de ingeniería química. Decidida a tener éxito en mi profesión, soñé y me proyecté para el futuro olvidando las monjas escondidas detrás de las rejas. Aún antes de terminar los estudios y haber conseguido la Licencia, comencé a buscar trabajo en las grandes empresas del país.

Después de superar el examen estatal en ingeniería química, mientras trabajaba haciendo la práctica en ingeniería, me sentía inquieta. Atraída como un imán por la Misa cotidiana y por la Adoración eucarística, comencé a comprometerme en organizaciones católicas (el grupo carismático juvenil, el Ejército Azul de Nuestra Señora de Fátima).

Recordando cuando mi madre me llevaba a las carmelitas, me dirigí al monasterio para hablar con alguna monja. Dios me permitió encontrar una muy paciente y disponible, que me dedicó tiempo para responder a mis preguntas.

Este fue el comienzo de mi renovado interés por la vida religiosa. Poco tiempo después, cuando regresé a mi ciudad natal, encontré un trabajo en la ciudad y la compañía de nuevas amistades, pero dentro de mí siempre estaba una sensación de vacío y de inquietud. Tenía todo dentro de mi. La determinación de hacer carrera en mi profesión era muy fuerte y estaba muy cerca de la meta.

Un día, mientras caminaba, vi una flecha que indicaba una puerta abierta. Por curiosidad entré y me encontré en una sala donde habían unas jóvenes y dos religiosas que me acogieron con una gran sonrisa y una cariñosa bienvenida. Era un retiro de “discernimiento” para jóvenes organizado por las Hijas de San Pablo. Entre ellas me sentí inmediatamente como en casa. Me impresionó la gentileza y la hospitalidad de las hermanas.

Aquella visita imprevista se convirtió para mí en un compromiso mensual. Todo se desarrolló en forma muy rápida y así, en poco tiempo, escribí una carta para pedir ser admitida al grupo de las aspirantes de ese año. (1987). Reuní las cosas necesarias para llevar, informé a mis padres de la decisión tomada y dejé el trabajo …

Todo estaba listo, pero un par de días antes de partir cambié mi pensamiento: no quiero irme. Entonces escribí una carta a la Superiora provincial, diciéndole que también podía servir al Señor sin ingresar en una congregación religiosa. Entonces pensé en unirme a un grupo misionero laico que trabaja por las tribus indígenas, al servicio de los pobres.

Intenté evitar a toda costa a las Hijas de San Pablo: dejé de ir a su comunidad a las jornadas vocacionales. Cada vez que recibía la invitación, la pasaba a mis hermanas menores y también a mi hermano.

Pero, el Viernes santo del año 1988, mientras estaba en la fila para confesarme, sentí un toquecito por la espalda. Enseguida comprendí que se trataba de una Hija de San Pablo porque había percibido el color azul de su hábito. Era una de las hermanas sonrientes que había encontrado la primera vez. No me preguntó nada, sólo me invitó, cordialmente, a visitar de nuevo la comunidad. No tenía ganas, pero no podía decírselo abiertamente.

Una semana después de ese encuentro inesperado, participé en la fiesta de bienvenida al nuevo obispo, ex párroco de la ciudad de mi mamá. Me dieron asiento justamente detrás de las Hijas de San Pablo …

Comprendí que no podía seguir escapando. Siempre me interesaba mucho su forma vida, pero era esto lo que realmente me daba más miedo. La idea de dejar todo me descomponía. Sentía que Dios me llamaba, pero cómo podía dejar mi familia, renunciar a mi carrera, a los sueños del futuro?

Así comenzó mi verdadero discernimiento. Recé mucho, delante de la Eucaristía, encontrando finalmente la paz y el valor para tomar una decisión definitiva. Algunos meses después partí para Manila, y nunca más me arrepentí.

No obstante los altos y bajos del largo camino, sé que Dios me ha llamado a una vida bellísima, la mejor para mi. Como en la poesía El detective del cielo, de Francis Thompson, el Señor continúa persiguiéndome con su paciente comprensión y su amor incondicional y fiel.

Carmencita Garcia, fsp