5o domingo de Cuaresma de 2019

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Is 43,16-21; Sal 125; Flp 3,8-14; Jn 8,1-11

Siempre se puede recomenzar

Del evangelio de este quinto domingo de cuaresma todos hemos aprendido la frase de Jesús: «El que no tenga pecado, que arroje la primera piedra». También, hemos aprendido que, cada vez que debemos justificar algún error nuestro, estamos listos para tirarla fuera y hacerla un escudo para protegernos a nosotros mismos. Pero en realidad, esta frase ha salido del corazón de Jesús, para defender a una mujer, aunque si de verdad encontrada en flagrante adulterio, porque esa mujer, como cada persona, tiene su dignidad, no regularizada en base a los comportamientos: es decir, cada persona no es su pecado.

He probado muchas veces entrar en la historia de esta mujer. Una persona como tantas, en búsqueda de un amor verdadero, aquel que cuida a la persona amada, que habla de caricia y ternura.

Jesús baja la mirada, escribe en la tierra, parece buscar una distracción que no involucre emocionalmente. Así, pareciera; en cambio, Jesús siente ternura y una respetuosa veneración por aquella mujer. ¡Sí, precisamente por ella! Y nos hace comprender, que en aquella historia de adulterio, está también la mía, la tuya y nuestra historia. Jesús no justifica el adulterio, sino que se hace cargo y cuida de la adúltera.

Mientras todos ven a la pecadora, Jesús ve una vida que puede florecer; si todos buscan poner fin a su vida con las piedras, el Maestro transforma aquellas piedras en un nuevo pavimento, sobre el cual caminar por una vida de gracia, de verdad, de belleza y de amor.

Seguramente esta página del evangelio, nos hace comprender el corazón de Dios: un corazón que se inclina ante la dignidad frágil y pisoteada de la humanidad; un corazón que sólo puede abrirse a la misericordia y que solicita continuas resurrecciones; un corazón que no condena, sino que reabre un camino: «Ándate». Porque siempre se necesita recomenzar y vivir de nuevas posibilidades. Porque Jesús nos dice, que nosotros, no somos nuestro error o nuestro pecado, él en nosotros ve siempre aquel futuro de bien del cual somos capaces.

Salmo 125

Cuando el Señor cambió la suerte de Sión,
nos parecía que soñábamos.
Nuestra boca se llenó de risa,
y nuestros labios de canciones.
Hasta los mismos paganos decían:
«¡Grandes cosas hizo el Señor por ellos».
El Señor ha hecho cosas grandes por nostros:
y estamos rebosantes de alegría!

P. Giovanni Di Vitopárroco de los Ss. Erasmo y Martino, Bojano (CB)

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