Memoria del nacimiento al cielo de M. Tecla

Carta de Sor Anna Maria Parenzan

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Roma, 5 de febrero de 2019

Queridas hermanas:

Mientras nos preparamos a celebrar el 55° aniversario del nacimiento al cielo de M. Tecla, me parece hermoso mirar a nuestra “Madre” para aprender de ella, sentirla cerca y de su experiencia recibir luz e impulso. Maestra Tecla, era una mujer capaz de profunda comunicación, de suscitar comunión y entusiasmo también en las situaciones más difíciles. Pongámonos en escucha de un testimonio entre tantos, el de sor Elena Ramondetti (1909-1999), quien el 8 de enero de 1937, partió hacia China.

Cuando partí para China con otras hermanas, Maestra Tecla, nos acompañó a la estación y cuando nos separamos, me abrazó con tanta efusión, que todavía me conmuevo al recordar aquella escena. El mismo día, mi mandó una carta de afecto y de materna exhortación: nos recomendaba sobre todo de querernos bien, de  mantenernos fieles, siempre unidas a los superiores, de formar una comunidad de caridad y hacernos santas. Desde 1937 al 1941, cuando estalló la segunda guerra mundial, regularmente nos siguió con sus cartas, siempre atenta por nuestra salud, nos recomendaba de estudiar bien el idioma e insertarnos gradualmente en el nuevo ambiente chino y luego filipino, para estar en mejores condiciones para desarrollar el apostolado.

Al regresar de Oriente por primera vez, después de diez años: sólo entonces volví a ver a la Primera Maestra, quien vino a Nápoles para encontrarnos personalmente. Con tanta premura, nos preguntaba, cómo había sido el viaje, cómo habíamos estado durante los largos años de guerra… y concluía: «La Virgen las ha salvado a todas; sean agradecidas y busquen de querer tanto a María Santísima».

Todavía recuerdo su extrema puntualidad en responder las cartas. En los años de guerra, desde 1941 hasta la mitad de 1945, las comunicaciones no eran posible; Maestra Tecla, se las arreglaba mandando cartas para nosotras a las hermanas de los Estados Unidos. Luego, cuando la comunicación entre Italia y las naciones del Oriente se reabrieron, ni siquiera una carta quedó sin respuesta, hasta su última enfermedad. Era precisa y sintética; con pocas palabras respondía y clarificaba cualquier problema.

De Maestra Tecla, en particular, me ha impresionado, la virtud de la humildad y a su gran fe. De regreso a la India, después de haber estado unos pocos meses en Roma, encontré en mi bolsa su esquela: «Te agradezco que hayas venido y te pido perdón si fue desatenta contigo… pero tú sabes que te quiero mucho».

Cuando P. Alberione y Maestra Tecla vinieron a vitarnos en Bombay, en 1955, nuestra casa era muy pequeña. El Primer Maestro nos dijo enseguida que tendríamos necesidad de una casa más grande. Y M. Tecla, repuso: «Sí, pero faltan los medios». Padre Alberione la miró serió y replicó: « ¿Y la fe? ¿Es posible que se razone todavía tan humanamente?». Ella aceptó humildemente la observación, le agradeció y más tarde dijo: « ¿Han sentido lo que ha dicho el Primer Maestro?… tengamos fe…».

Escuchemos el testimonio de sor Assunta Bassi (1915-2012):

He quedado maravillada de la claridad y prontitud de adhesión frente a las solicitudes siempre nuevas y siempre riesgosas, que exige el compromiso de nuestra vocación en la Iglesia. Ella, tan simple y discreta, asumía una actitud decidida, fuerte y valiente que me impresionaba fuertemente. La veía siempre sostenida por su fe y fidelidad al carisma del fundador. Precisamente, por esta actitud es que hemos iniciado no pocas obras: el apostolado de la radio, el empeño por la prensa y la difusión de los discos; la preparación y desarrollo a gran alcance de las misiones catequísticas y bíblicas. «Se necesita hacer el bien… Para que se haga del bien…». Eran las expresiones constante de Maestra Tecla.

¡Cuántas enseñanzas de nuestra “Madre”! Continúenos a invocarla, a pedir su intercesión, a imitarla en la fe, la humildad y el impulso apostólico. Compartamos las gracias, pequeñas o grandes, de las que somos testimonio en cada parte del mundo y hagamos conocer su voz profética, que todavía hoy habla, de la belleza de Dios.

Con afecto.

sor Anna Maria Parenzan
superiora generale


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