Jerusalén: la Palabra perdida y encontrada

El viaje de la Palabra en María

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Después de haber atravesado las calles de Nazaret, en la verde y fresca Galilea, de Ain Karem y Belén, en la polvorienta Judea, el viaje de la Palabra se detiene en Jerusalén (en hebreo Yerûšälaºim, significa «ciudad de la paz» y en árabe al-Quds «ciudad santa»).

La mejor vista de la Ciudad santa, tanto espacial como espiritualmente, proviene del Monte de los Olivos, separado de Jerusalén por el valle Cedrón. El Cedrón, que da nombre al valle, es un torrente de Palestina que desemboca en el mar Muerto; en el Nuevo Testamento es recordado solamente por el evangelista Juan: «Jesús pasó con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón, (en hebreo Qidrôn, del verbo qādar que significa ser turbio y oscuro) donde había un huerto, en el entraron él y sus discípulos » (Jn 18,1). Entre Jerusalén y el Monte de los Olivos, hay un valle oscuro que, sin embargo, se debe pasar…

¡Quizás cuántas veces María y José habrán llevado a Jesús a Jerusalén!

Lucas señala con precisión: “Sus padres iban todos los años a Jerusalén a la fiesta de la Pascua” (Lc 2,41). Como los peregrinos ciertamente han experimentado la belleza de entrar en la ciudad santa con el nombre de Dios en sus labios: « ¡Nuestros pies están firmes en tus puertas Jerusalén! Subimos a Jerusalén, según la ley de Israel, para alabar el nombre del Señor» (cf. Sal 122,2-4). Sin embargo, en Jerusalén la palabra de Dios, se hace incomprensible, indescifrable, cortante, ambigua y oscura.

Esa joven mujer de Israel, que siempre ha guardado en el corazón, todos los fragmentos de una vida habitada por el Misterio, es literalmente arrojada al tenebroso valle de la angustia. Después de un día de viaje, con la caravana que los llevaría a Galilea, la alegría de Pascua se convierte en una búsqueda frenética: « ¿Dónde está Jesús ?». Jesús ya no está entre sus familiares ni conocidos.

La búsqueda, la ausencia y la crisis: una división existencial. Las cosas han cambiado: las tradiciones ya no se sostienen, Jesús creció y decidió libremente permanecer en Jerusalén sin dar explicaciones; para él ha llegado la hora de salir de la familia y así confrontarse con los maestros de la Torah. Para María y José, en cambio, es el momento de ir más allá de lo conocido. Ellos regresan a Jerusalén con el corazón desgarrado y confundido: “¿Dónde está?”

La respuesta al descubrimiento no es ciertamente reconfortante: «¿Por qué me buscan?».

La realidad ya no es la misma: Jesús escogió caminar solo sobre las huellas del Dios de Israel, para enfrentarse con los sabios del Templo con libertad y autonomía. María y José han sido destructurados por la fuerza de la pérdida, de la angustia y de la inquietud.

Han perdido a Jesús y ahora lo han reencontrado, pero algo ha transformado el significado de la realidad, que se revela habitada por un sentido nuevo, aunque todo aparentemente permanece como antes.

Juntos regresan a Nazaret, pero esta vez, como los magos, lo harán por otro camino, no tanto geográficamente sino humano y espiritualmente: el camino de Dios.

Francesca Pratillo, fspItalia
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