Carta de Navidad 2018

Sor Anna Maria Parenzan, Superiora general

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Roma, Navidad 2018

A todas las hermana

Queridas hermanas:

En Navidad, todo habla de nacimiento y de nuevos inicios… Navidad es un evento de salvación que puede hacer florecer brotes de vida nueva y de renovada fecundidad y santidad.

Hay como una única melodía que invade la noche de la Encarnación y la mañana de Pascua: el anuncio de la gran alegría, el cumplimiento de la promesa de Dios.

Como Congregación, en este tiempo de gracia en el cual se están desarrollando los capítulos provinciales, los encuentros de delegación y de las casas dependientes, acojamos la explosión de la alegría de Belén y la invitación a seguir los impulsos hacia horizontes más amplios y a creer que el Señor puede hacer nuevas todas las cosas. En verdad, Él está con nosotros, está en medio de nosotros un Salvador potente: la certeza de esta presencia, nos quita todo miedo, hace brillar una luz nueva en nuestro corazón, nos permite regocijarnos, exultar y brillar de alegría (cfr. Is 66,10) también en las situaciones más difíciles.

Vayamos hacia el Niño de Belén con la simplicidad y la buena voluntad de los pastores que desearon ver el divino evento (cf. Lc 2,16). En los brazos de María, contemplemos a nuestro Salvador, el Camino, la Verdad y la Vida, «el Viviente» (Ap 1,18), «Aquel que es, que era y que viene» (Ap 1,4). Anunciémoslo con la alegría de los ángeles: «Gloria a Dios en lo alto del cielo y paz en la tierra a los hombres que él ama» (Lc 2,14). Postrémonos ante él en adoración como los Magos, abriendo el tesoro de nuestro corazón (cf. Mt 2,11).

Navidad es la invitación para entrar en el misterio de Cristo, para llegar a ser su morada, lugar de su encarnación, para asumir su estilo de vida, para adoptar sus actitudes y asimilar su lógica sorprendente.

En el Sínodo de los Obispos, concluido hace poco, los jóvenes a gran voz  han pedido  una Iglesia auténtica, transparente, gozosa… una Iglesia santa porque «la santidad es realmente el rostro más bello de la Iglesia» (cf. GE 9). El lenguaje de la santidad es comprensible a todos, es un lenguaje inmediato y luminoso. Maestra Tecla, a través de este lenguaje, se dirigía a nosotras cuando en la Navidad de 1961, nos escribía:

¡Pidamos santas para la Congregación! La Congregación no tiene necesidad de gente que sabe hacer, que trabaja, que hace ruido: tiene necesidad de gente santa… Que seamos un sólo corazón y una sola alma, todas unidas… Preparémonos bien para recibir al Niño Jesús, vaciando el corazón de todo lo que a Él le disgusta y luego recemos para que la Virgen, como lo ha hecho Ella, lo llene de amor de Dios, amor hecho de buena voluntad y no sólo de sentimientos… Que nada se interponga entre nosotras y Dios, ni siquiera la más pequeña cosa. Rezo mucho por todas ustedes, para que todas podamos llegar a la santidad a la que estamos llamadas. Estas cosas no les escribo sólo con la pluma, sino con el corazón. Las deseo a todas santas: por esto he ofrecido mi vida, por todas, que lleguemos a la santidad que el Señor quiere de nosotras (VPC 263).

Nuestra familia religiosa es una familia atravesada por la santidad. La Navidad es una ocasión cuanto más favorable para hacer memoria de la humildad, de la pequeñez y de la fe de nuestros padres y de nuestras madres; para recuperar la frescura evangélica (cf. EG 11); para fiarnos completamente de Dios que ha hecho para nosotros cosas grandes y estupendas que nuestros ojos han visto (cf. Dt 10,21).

Este es el deseo que, a nombre de las hermanas del gobierno general, pongo a todas, a las jóvenes que se están asomándose a la vida paulina, a nuestros cooperadores y colaboradores. ¡Feliz Navidad a todos!

Con profundo afecto.

Sor Anna Maria Parenzan
Superiora general

 

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