Belén: En el si lencio la Palabra se hace encuentro

El viaje de la Palabra en Maria

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Después de haber atravesado Ain Karem, el viaje de la Palabra continúa hacia Belén. El Antiguo Testamento conoce dos localidades que llevan el nombre Belén.

Una se encuentra al norte de la Palestina, en Galilea, no lejos de Nazaret. Extendida sobre una colina boscosa; la Belén de Galilea era una de las doce ciudades entregadas por Josué a la tribu de Zabulón (cfr. Gs 19,15); de todos modos, quedó sin historia.

La otra Belén, recordada como la ciudad de David, se encuentra en Judea, al sur de Palestina, a poquísimos kilómetros de Jerusalén; surge sobre una colina de aproximadamente 775 metros sobre el nivel del mar. Se encuentra sobre dos colinas de los montes de Judea, cuyas laderas, altura y terraza, estaban un tiempo recubiertas de viñas, higueras, almendros, granados y olivos. Antiguamente fue habitada por los Cananeos que la denominaron «casa (Bet) de Lachamu», el nombre de una divinidad pagana que significa «dios de la guerra » o «de la alimentación». Ahora los árabes la llaman Beit-Lahm, «casa de la carne», también por los numerosos rebaños que se crían.

En la Biblia hebraica el nombre cananeo se ha convertido en Bêt-Leem es decir casa del pan. Pero la tradición, junto «a casa del pan», conserva también el significado de «casa de la batalla»; muy probablemente se trata del hecho proveniente desde tiempos lejanos, en el cual la guerra era endémica y se luchaba por el pan. Para comprender el sentido de esta historia, probamos recoger en el corazón las tres palabras entregadas por la vida y por la historia de los pueblos: «dios, carne, pan». Estas palabras nos ayudaron a abrir el Misterio que en Belén se convierte en luz: «la Palabra que era Dios, se ha hecho carne, y se ha convertido en pan partido para el hambre de cada uno» (cfr. Jn 1; Mt 4; Lc 24).

Los peregrinos de la verdad, en un cierto sentido encuentran en Belén el mapa que indica la ubicación exacta de una minera desconocida, un tesoro sepultado, un secreto de inmenso valor. En Belén el tesoro para todos es Jesús y viene a nuestro encuentro a través de María. En ella Dios visita su pueblo para poner fin a la batalla por el pan: «No de solo pan vive el hombre, sino de cada palabra que sale de la boca de Dios» (Mt 4,4). Vivir de cada palabra que sale de la boca de Dios significa: entrar concretamente en el desierto del corazón y de la mente, allí donde reina el silencio del ser.

¿Qué es el silencio? Es la zarza ardiente del encuentro con Dios: «Está en silencio ante el Señor y espera en él (espéralo) (cfr. Sal 37,7). En hebraico «estar en silencio o habitar en el silencio» se traduce con el verbo dāmam para describir la actitud fundamental por asumir ante Dios. Este verbo semítico presenta una notable riqueza de significado: callar, aquietarse, estar en silencio, no abrir boca, estar silencioso y calmo, detenerse, reposar, escuchar, tranquilizarse, abandonarse dulcemente. Es el silencio que se convierte en un posible escuchar y comprender con mayor claridad, permitiendo al Otro/otro de expresarse en la reciproca revelación, cada vez más humana y cada vez más divina. La luz del silencio ayuda a volver a poner juntos los fragmentos de lo vivido de modo terapéutico y hace descubrir el hilo rojo que une los diversos acontecimientos y que a primera vista parecen sólo dispersos y sin continuidad de significado.

Maria está ante Dios en el silencio, y como diría Dietrich Bonhoeffer, se trata de un silencio totalmente dispuesto a escuchar. Solo el silencio abre el corazón a la Palabra creadora que «llama a la existencia las cosas que no son» (Rom 4,17). Sin esto las Palabras y la Palabra pierden contenido, linfa vital y poder. María lo sabe, por esto elige el silencio contemplativo para escuchar en las palabras la Palabra, para captar la presencia de Dios en la historia cotidiana. María escucha: las palabras del ángel en Nazaret; el saludo profético de Isabel en Ain Karem; el anuncio de los pastores en Belén, la profecía de Simeón, la alabanza de la anciana Ana y las extrañas palabras de Jesús de once años, en Jerusalén., la hora del Hijo en Caná, el ofrecimiento del amor total en el Calvario. Y en aquel Sábado Santo, la Virgen del silencio mantiene encendida la lámpara de la Palabra que ilumina los pasos y anuncia la luz de la Pascua.

¿Y tú Belén? Pequeña y humilde ciudad del pan, en ti la Palabra sigue narrando eterno amor, encuentro siempre nuevo entre Dios y la humanidad de Belén, lugar de las pequeñas y grandes opciones de Dios, a ti dirigimos hoy nuestro canto (de la liturgia greco-bizantina):

Casa de Efrata, ciudad santificada, gloria de los profetas,
prepara la casa en cual está por nascer nuestro Dios.
Goza, Belén, reina de la ciudad de Judá,
porque de ti viene el Pastor que nos lleva a la alegría.
Prepáraterati, Belén: la Virgen da a la luz a aquel
que el vientre del Padre ha hecho brillar antes de la ahora
.

Francesca Pratillo, fspItalia


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