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 La vita buona... che vale la pena vivere!

 


Testimoni dell'Amore... quello vero!

Testigos del Amor   versione testuale






Io, giovane studentessa di scienze della comunicazione, ho conosciuto le Figlie di San Paolo in un laboratorio radiofonico. Ma allora è possibile?! Mi sono chiesta… È possibile mettere la propria competenza, creatività, entusiasmo a servizio del Vangelo, di un Dio che pervade, me lo sentivo, tutte le realtà della vita, anche la cultura, il mio tempo di svago sui social networks. È possibile una società diversa dove il fine e il senso non sta nel potere o nel denaro ma che vuole e cerca di volare alto. Questo mi ha attratto: suore adulte, che ho scoperto a poco a poco profondamente radicate nella Scrittura e nell’adorazione, in grado di parlare i linguaggi di tutte le età e di tutte le nazioni per essere a SERVIZIO di Gesù e dell’uomo.

Suor Veronica, 30 anni , Palermo



 


“What does community life mean to me?”

Sr. Maria Grace Dateno, fsp USA

Of all the essential ingredients that go into my life as a Daughter of St. Paul, I think community life is the one I most tend to take for granted. I’m frequently in awe of the mission we have been given, and on fire for communicating Christ to the people of our world today. And I’m generally grateful for the opportunity to take time for prayer every day, whether my prayer is delightful or a struggle. But I find that occasionally I need to remind myself that community life is a great gift.
 
After all, life in community is not some utopian ideal consisting of a group of perfectly holy women living, praying, and working together. There are difficulties that come up—the natural result of a group of imperfect women from a variety of backgrounds living, praying, and working together. We see things differently; we have different ideas of the best way to go about things; we have different amounts of strength and energy, different thought processes, different temperaments. And (believe it or not!) sometimes our patience and charity runs a little low.
 
When I let these difficulties cloud my perception, I only see the effort involved in community life, and I forget the extraordinary blessing that it is, in so many ways:
 
-The grace and encouragement I receive in seeing the dedication and love of my sisters in community is incalculable. How much easier it is to grow in love of God and in prayer when surrounded by others who are also giving of themselves with love, in whatever way they can.
 
-Praying with my sisters is also a great blessing, and I know that their prayers for me have helped me in ways that I will never understand in this life. I especially count on the prayers of the older sisters in my community.
 
-Our mission is not something that can be done by a single person working alone. Nor by many individuals working alone. Only by working together, collaborating and combining our gifts and talents can we be Saint Paul living today, communicating Christ to everyone. The joy that comes from this is hard to describe.
 
-All the efforts made in community life, in communicating my ideas to my sisters, listening to them, having patience with their imperfections, seeing their patience with me, forgiving and being forgiven—all of this makes for wonderful opportunities to become a better person, to grow in virtue.
 
-The friendships that I have made, with women I most likely would never have met if I had not become a Daughter of St. Paul, have enriched my life a hundred-fold. There are so many ways they have encouraged me, supported me, loved me, challenged me, and brought joy to my life.
 
In a certain sense, everyone in this world lives “community life” of some kind—in the community of a family, a workplace, an apartment building, a parish, a neighborhood, a town, etc. But I’m convinced that nowhere else would I be able to live, work, pray, grow and become closer to God the way I can by living Pauline community life as a Daughter of St. Paul.

                                                                                                                    

Un sueño a ojos abiertos: mi misión en el corazón de Europa

Narrar mi vocación: a primera vista me pareció una cosa muy simple, pero el problema se presentó inmediatamente cuando me senté frente al teclado de la computadora… ¡No fue tan fácil!
La primera dificultad que encontré fue el constatar que el llamado vocacional no me vino sólo una vez, cuando entré en la congregación, de hecho, aquel día fue el comienzo de un camino que fue enriqueciéndose con los años y que se convirtió en un continuo renovar mi respuesta al Señor. Respuesta dada a veces con alegría, otras con dolor y a veces entre certeza y duda, entre fidelidad e infidelidad.
 
La segunda dificultad, al escribir estas líneas, fue la de elegir el momento de mi vocación para compartir con ustedes. 'Cómo narrar el momento de mi inserción entre las Hijas de San Pablo en México? ¡Fue un momento muy “ordinario”! Es decir, nada de extraordinario para una joven que frecuentaba la escuela de las Hermanas Hijas de la Caridad, excepto que era muy joven, diecisiete años recién cumplidos. Entonces decidí narrarles mi “segundo” llamado,  al que estoy tratando de responder cada día: la misión.
 
Una de las cosas que me gustó de las Hijas de San Pablo, cuando yo estaba buscando una congregación donde entrar, era que se presentaron como una congregación misionera. Debo admitir que quedé un poco decepcionada cuando al entrar en convento, descubrí que no era la misión que me había imaginado: ir lejos, en África, en Asia, en los lugares donde aún no conocen el Evangelio... Poco a poco me di cuenta que el sentido de la misión es algo más y comencé  a amarla profundamente, así como se me presentaba, en mi país de origen. A pesar de todo esto, la misión ad gentes quedó impresa en lo más profundo de mi corazón, aunque a lo largo de los años de mi formación trataba de “adormecerla”.
Un día, durante el Intercapítulo del 2003, celebrado en México, con gran sorpresa escuchè hablar del “Proyecto misionero”. ¡Vaya, entonces somos misioneras también en este sentido! pensé. Y este mi deseo de ir “lejos” se despertó nuevamente con gran fuerza. Pero todavía era muy joven y estaba todavía en el período de formación inicial, como para ir a otra parte.
 
Así pasaron los años y llegó el momento de hacer la profesión perpetua. Durante el período de preparación, transcurrido en Roma, tuve la oportunidad de hablar una vez más con la superiora general de este deseo mío. Pero todo esto parecía ser solamente un sueño; así regresé a México para hacer la profesión perpetua.
Poco tiempo después recibí una verdadera sorpresa: la superiora general, sor M. Antonieta Bruscato, me preguntaba si quería ir en “misión”. No dudé en decir “sí” y pocos meses después estaba de nuevo en el avión, feliz y trepidante, pero también un poco perpleja porque de nuevo esta vez el sentido de la misión se me había presentado de forma diversa: yo soñaba con África, Asia, y en cambio mi destinación era Praga. ¡Nada menos que el corazón de Europa! 'Se puede hacer “misión” en la cristiana Europa?
 
Una vez insertada en la nueva comunidad, me di cuenta de que tal vez había sido un poco ingenua al haber idealizado la misión. Soñar no me permitió ser realista y tuve dificultades al inicio: el cambio de idioma, de cultura, de comida, etc. Tuve que aprender en mi piel lo que significa ser misionera. Y tuve que decir otro sí, más consciente y sufrido, pero también lleno de muchas alegrías.
 
Aún hoy sigo pidiendo al Señor la gracia de la vocación, la gracia de vivir como verdadera paulina en el lugar de mi misión. Es la misión la que me ofrece la oportunidad de renovar mi “sí” al Señor, a la vocación paulina, al anuncio del Evangelio.
Judith Hidalgo Mejía, fsp