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DOMINGO DE RAMOS
Is 50,4-7; Sl 21; Fil 2,6-11; Mc 14,1-15,47

 

El Señor me ha dado
una lengua de discípulo
para que sepa sostener
con mi palabra al abatido.
Cada mañana me espabila el oído,
para que escuche como los discípulos.
El Señor me ha abierto el oído,
y yo no me he resistido
ni me he echado atrás.
Ofrecí la espalda
a los que me golpeaban,
mis mejillas
a los que mesaban mi barba;
no volví la cara
ante los insultos y salivazos.
El Señor me ayuda,
por eso soportaba los ultrajes,
por eso endurecí
mi rostro como el pedernal,
sabiendo que no quedaría defraudado.

Isaias 50,4-7

 
    I II III IV V Ramos
 

Cristo cargó las deudas de toda la humanidad,
las llevó al calvario y las lavó en su sangre.
El discípulo del Señor repara con su vida, con la oración, con el apostolado.
- Beato Santiago Alberione

GLORIA Y SUFRIMIENTO: misterio pascual

Hoy – Domingo de Ramos – la liturgia une el triunfo de Cristo con la procesión de los ramos, y el anuncio de la pasión, con la proclamación del relato evangélico. Así se celebran los misterios de la salvación, realizados por Cristo en los últimos días de su vida. Por tanto, el domingo tiene el doble carácter de gloria y de sufrimiento, propio del misterio pascual.

La liturgia nos invita a acompañar con fe y devoción a nuestro Salvador en su ingreso en la ciudad santa, recibiendo el ramo bendito que es símbolo de su triunfo momentáneo. El evangelista Juan ve el ingreso triunfal de Jesús como una anticipación profética de su resurrección. La primera lectura de la celebración eucarística nos presenta al siervo sufriente, ofrecido al dolor, a la tortura, al escarnio. Y esto para dar nueva confianza y nueva esperanza al hombre sin esperanza. El siervo sufriente, seguro de no ser desilusionado por Dios, quiere comunicar al hombre esta fuerza.

Cristo se humilló a sí mismo, por esto Dios lo ha exaltado, nos dice S. Pablo. El majestuoso himno paulino es una nueva y original interpretación del misterio pascual. El cristiano sabe que en su Redentor crucificado está la misteriosa fecundidad del dolor y de la muerte. El Evangelio nos hace leer la pasión del Señor, según Marcos, en la cual Jesús acepta libremente su muerte por nuestra salvación. Sólo a los pies de la cruz podrá renacer para nosotros una fe más madura en Jesús, verdadero hombre y verdadero Dios, un Dios tan enamorado de su criatura, que acepta morir por amor.

Dios es amor. Es el título de la primera Encíclica que nos ha regalado el Papa Benedicto XVI. Al final de la encíclica confía la Iglesia y su misión al servicio del amor a María con estas palabras:

Santa María, Madre de Dios,
tú has dado al mundo la verdadera luz,
Jesús, tu Hijo, el Hijo de Dios.
Te has entregado por completo a la llamada de Dios
y te has convertido así en fuente
de la bondad que mana de Él.
Muéstranos a Jesús. Guíanos hacia Él.
Enséñanos a conocerlo y amarlo,
para que también nosotros
podamos llegar a ser capaces de un verdadero amor
y ser fuentes de agua viva en medio de un mundo sediento.

- Sr. Antonietta Vivian, fsp