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CUARTO DOMINGO DE CUARESMA
2Cr 36, 14-16, 19-23; Ef. 2, 4-10; Jn 3, 14-21

Lo mismo que Moisés levantó la ser-piente de bronce en el desierto, el Hijo del hombre tiene que ser levantado en alto, para que todo el que crea en él tenga vida eterna. Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Dios no envió a su Hijo al mundo para condenarlo, sino para salvarlo por medio de él. El que cree en él no será condenado; por el contrario, el que no cree en él, ya está condenado, por no haber creído en el Hijo único de Dios. El motivo de esta condenación está en que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque hacían el mal. Todo el que obra mal detesta la luz y la rehúye por miedo a que su conducta quede al descubierto. Sin embargo, aquel que actúa conforme a la verdad, se acerca a la luz, para que se vea que todo lo que él hace está inspirado por Dios.

 
 
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Comprendamos la historia de las finezas de Dios hacia nosotros,
la bondad del corazón del Padre que nos ha creado,
del corazón de Jesús que nos ha redimido,
las efusiones y las gracias del Espíritu Santo .
- Beato Santiago Alberione

DIOS AMA A SU PUEBLO

Es el “Domingo Laetare”. ¡Alégrate, Jerusalén! La liturgia nos recuerda una vez más que Jesús no vino para condenar, sino para salvar al hombre, a quien el Padre ama con loca ternura. El hombre a menudo presenta a Dios un bagaje de infidelidad – como Israel en la primera lectura – pero ante esta miseria, Dios hace destellar la esperanza del perdón, porque la última palabra de Dios es la vida. Dios, verdadero y fiel, actúa siempre según un designio de salvación, pero que requiere al hombre la acogida dócil y la colaboración activa.

Pablo subraya con insistencia la gratuidad de la “ vida” recibida: “Dios, rico de misericordia, por su gran amor,… por gracia nos ha salvado,… mostrando la extraordinaria riqueza de su gracia, mediante su bondad hacia nosotros..” Para Pablo, el hombre es transformado completamente en Cristo, tanto de resucitar con él”. es lo que nos dice en la Carta a los Efesios. Frente a tal gratuidad, toda obra humana desaparece, o mejor, el hombre mismo se transforma en criatura nueva y todas sus obras no son sino la sobreabundancia de la gracia divina en él.

Casi a la mitad del camino cuaresmal, la liturgia nos invita a entrever la luz gozosa de la resurrección. El motivo de tanta alegría tiene su fundamento en la frase de Juan: Tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo único. Cierto, nosotros somos salvados por Dios, si nuestra mirada de fe en Jesús, Crucificado y resucitado, se convierte también en orientación nueva de vida. La fe solicitada por Jesús es integridad de vida, compromiso de armonizar las obras con lo que creemos es la palabra de Dios y su voluntad.

Señor Jesús, tú eres nuestra salvación

Señor Jesús, tú eres la vita eterna
en la patria verdadera sin tiempo, que tú nos has preparado.
Eres la lámpara de la casa paterna
que ilumina de luz difusa;
tú eres el sol de justicia, el día que nunca tramonta,
la luminosa estrella de la mañana.
Tú sólo eres templo, sacerdote y víctima,
tú sólo eres real soberano, el señor y el maestro,
el artífice de la fraternidad entre los hombres,
la fuente viva de la paz,
tú eres la indulgencia infinita.        (Quodvultdeus, Sermón 12,11)

- Sr. Antonietta Vivian, fsp