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María, en cambio, se quedó allí, junto al sepulcro, llorando. Sin dejar de llorar, volvió a asomarse al sepulcro. Entonces vio dos ángeles, vestidos de blanco, sentados en el lugar donde había estado el cuerpo de Jesús, uno a la cabecera y otro a los pies. Los ángeles le preguntaron: «Mujer, ¿por qué lloras? Ella contestó: «Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto». Dicho esto, se volvió hacia atrás y vio a Jesús, que estaba allí, pero no lo reconoció. Jesús le preguntó «Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién estás buscando?». Ella, creyendo que era el jardinero, le contestó: «Señor, si te lo has llevado tú, dime dónde lo has puesto y yo misma iré a recogerlo». Entonces Jesús le dijo: «¡María!». Ella se acercó a él y exclamó en arameo: «¡Rabboni!», que quiere decir: ¡Maestro! Jesús le dijo: «No me retengas, por-que todavía no he subido a mi Padre; anda; ve y di a mis hermanos que voy a mi Padre que es el Padre de ustedes; a mi Dios, que es también su Dios». María Magdalena se fue corriendo adonde estaban los discípulos y les anun-ció: «He visto al Señor». Y les contó lo que Jesús le había dicho. Jn 20, 11-18 |
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La Pascua del Señor nos dona el cuerpo y la sangre de Cristo, que recibimos en la Eucaristía, para que done nueva vida a nuestra existencia, a menudo herida y sedienta de gozo, de verdad y de belleza. La Pascua es la fiesta del encuentro con Cristo y con el Espíritu, que ilumina y consuela, nos renueva y nos abre a nuevos horizontes de justicia, de servicio, de fraterni-dad, de amistad y de anuncio. Nos impulsa a buscar el rostro de Cristo resu-citado dentro de nosotros, en los pobres, en los que sufren y en todos los que encontramos en nuestro camino, a llevar a todos un anuncio de alegría y a dar nuestro aporte para instaurar en el mundo la civilización del amor. |
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Oh Señor, nuestro Dios,
vencedor de la muerte,
te damos gracias por tu Resurrección,
y reconocemos tu bondad y magnificencia,
que se expande en todo el universo,
revestido de luz y de belleza.
Tú estás presente en nuestras vidas,
en los días de alegría y en los de dolor,
porque amas la obra de tus manos.
Nosotros queremos darte nuestro gracias
por el don de tu amor que nos salva
y sentirnos un único pueblo
que tiene en Ti la fuente de la vida.
Queremos que cada persona,
de cualquier lengua y nación,
reconozca tu poder y tu gloria y
reciba tus dones de salvación con corazón agradecido;
que dirija a Ti sus ojos con gozoso asombro y
te contemple en la inmensidad del mar,
en los cielos luminosos, en los montes nevados,
en los riachuelos palpitantes y en las mieses ondeantes;
pero sobre todo, te descubra en la sonrisa de los niños,
en cada gesto de solidaridad y de amistad,
en el rostro de cada hombre y mujer
que anhela la plenitud de la vida. Queremos que todos reencuentren en Ti su fuente,
que sepan que eres Tú quien los conduce
por los senderos de la vida,
para ser cada uno protagonista de la historia
que camina con el fluir de los tiempos
y de los acontecimientos que marcan nuestro andar
allí, donde Tú nos llamas, Señor.
Queremos anunciarte como María Magdalena
y difundir con gozo tu Palabra,
que ilumina y que da seguridad a nuestro camino;
queremos comunicarte con nuestra vida
que se entrega con amor,
para que el mundo
vuelva a descubrir en Ti todas sus fuentes. MAQ |
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“Si Jesucristo es la salud
y la salvación única y plena,
se la debe buscar sólo en Él:
cuanto más se participa de Él,
más salud espiritual se obtiene.
En Cristo se nos dió
la prenda de la gloria futura”.
(Don Giacomo Alberione) |
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