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Al principio ya existía el Verbo…
Son las primeras palabras del prólogo de San Juan
que atraviesan los confines del tiempo y del espacio
y nos guían hacia la esfera de lo invisible,
allá donde el Hijo de Dios vive en el seno del Padre,
para descender después y llegar a nuestra historia,
y hacernos vivir una nueva Navidad. Ya al principio Él estaba junto a Dios…
La palabra eterna resuena en nuestros corazones
y se prolonga a lo largo de los siglos,
para que cada hombre pueda escucharla,
orarla y contemplarla, saborearla y acogerla
y dejarse transformar por ella.
Es una palabra que no sólo nos ilumina,
sino que nos protege y nos sana,
nos recrea y nos une a Dios.
En Él estaba la vida y la vida era la luz de los hombres…
Pero algunas veces el hombre abandona su fuente
y se encamina solo hacia la noche.
A menudo él no sabe dónde comienzan las cosas
y menos aún dónde terminan.
No sabe que la vida, cada vida,
tiene su origen y cumplimiento en Dios.
El Verbo eterno, entonces, viene a nosotros
para envolvernos de nuevo en su luz de salvación.
Y el Verbo se hizo carne…
Vino para revelarnos el amor y decirnos a todos
que hemos nacido de Dios
y que estamos en camino hacia Él.
Por tanto, de nuestro corazón brote esta oración:
Señor, concédenos un corazón que escucha tu Palabra,
un corazón que siempre espera y nunca desfallece,
también cuando Tú parecieras tardar;
un corazón acogedor,
donde Tú puedas crecer y dar frutos;
un corazón que sea el lugar de tu presencia perenne,
para que a través de nosotros
el mundo pueda verte y creer
que Tú eres el Camino, la Verdad y la Vida para todos.
M.A.Q |
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