2º Domingo de Adviento Lc 3, 1-6. Después de la preparación remota – las repetidas profecías mesiánicas –, eh aquí el momento solemne en el que el Padre inicia la preparación inmediata de la humanidad a la venida de su Hijo: “la palabra de Dios vino sobre Juan, el hijo de Zacarías, en el desierto”. No nos huyan las precitaciones históricas: un tempo determinado, un lugar definido, personajes conocidos... De hecho, ¡no se trata de una bella fábula (“la fábula de Navidad”, como presenta cierta publicidad...), sino del evento más importante de la historia! Juan Bautista es enviado con un solo fin: predisponer los corazones al encuentro con Jesús. El Espíritu de Dios lo impulsa a “recorrer toda la región del Jordán” invitando a todos, con palabras de fuego, a la “conversión para el perdón de los pecados”. ¡Juan es la “voz” que prepara el camino a la Palabra! Los hombres están llamados a “preparar el camino del Señor”: de su parte, ¡el Padre celeste había preparado desde siempre el camino de su Hijo, Jesús-Camino! El beato Alberione invita a vivir nuestra preparación con una doble disposición: humildad-penitencia por nuestra situación de pecado (“por nuestro infeliz estado”), y al mismo tiempo confianza plena en el Salvador que nos dona su gracia (“nos volverá a dar la vida sobrenatural”): «La preparación está especialmente, en una disposición de humildad y de penitencia por nuestros pecados, nuestra ignorancia, nuestro infeliz estado de muerte; y en una disposición de confianza en Aquel que nos predicará la verdades que salvan, nos trazará el camino del Cielo, nos volverá a dar la vida sobrenatural».1 El camino de Adviento en estos días está aclarado por la luz fúlgida de María Inmaculada. En la visión de don Alberione, María – además de concedernos aquella humildad del corazón, aquel arrepentimiento de los pecados, aquella confianza en la misericordia divina que caracterizan nuestra preparación a la Navidad – nos obtendrá un gran don: cambiará la orientación a las “pasiones” que agitan nuestro corazón, transformándolas en la pasión del amor de Dios y del prójimo: «El que recurre a María Santísima. Tendrá mucha gracia de Dios, amará mucho al Señor, porque María obtendrá esta gracia de cambiar las pasiones de nuestro corazón en la pasión del amor de Dios y de las almas. En este itinerario viene en nuestra ayuda la invocación del apóstol Pablo en nuestro favor: “Pido que el amor de ustedes crezca más y más en conocimiento y sensibilidad para todo. Así sabrán discernir lo que más conviene, y el día en que Cristo se manifieste los encontrará limpios y sin culpa...” (Flp 1,9-10). G.G.
Invocamos al Hijo de Dios, nuestro hermano, para que abra el camino de la salvación a toda la humanidad: Ven, Señor Jesús, nuestra salvación.
Oremos
1 G. Alberione, Brevi meditazioni per ogni giorno dell’anno, II, (1948), p.171. |
4º Domingo Navidad
|
||||||||||||||||||||