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El Evangelio de Lucas, nos indica en María Madre del Señor y fiel discípula,
a aquella que ha escuchado la Palabra y es capaz de auténtico y gozoso servicio.


María se puso en camino y fue de prisa a la montaña, a una ciudad de Judá.
Entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Y cuando Isabel oyó el saludo
de María, el niño saltó en su seno. Entonces Isabel, llena del Espíritu santo,
exclamó a grandes voces: “¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto
de tu vientre!

(Lucas 1, 39-42)

 
     

Oramos el Magnificat con María:

"Mi alma glorifica al Señor,
y mi espíritu se alegra en Dios mi salvador
porque ha mirado la humildad de su sierva.
Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones,
porque ha hecho en mí cosas grandes el Poderoso.

Su nombre es santo y su misericordia es eterna
con aquellos que le honran.
Actuó con la fuerza de su brazo y dispersó a los de corazón soberbio.
Derribó de sus tronos a los poderosos y engrandeció a los humildes.
Colmó de bienes a los hambrientos y a los ricos despidió sin nada.

Tomó de la mano a Israel, su siervo, acordándose de su misericordia,
como lo había prometido a nuestros antepasados, a favor de Abrahán y de sus descendientes para siempre".

 
 
     
 
No se le puede dar ninguna riqueza mayor que Jesucristo a este mundo pobre y orgulloso. María dio al mundo la gracia en Jesucristo y sigue brindándosela a lo largo de los siglos. Es mediadora universal de la gracia, y en esta misión es madre nuestra. El mundo necesita a Jesucristo, Camino, Verdad y Vida. María lo da mediante los apóstoles y los apostolados que ella suscita, forma, asiste y corona de frutos y de gloria en el cielo.....(Don Santiago Alberione)
     
   

Oramos:

Oh Señor nuestro Dios,
que en María pusiste tu morada,
haz también nuestro corazón humilde y acogedor hacia todos,
verdaderamente capaz de adherirse a tu voluntad,
de servirte en los hermanos y hermanas
con ánimo generoso,
para que juntos podamos exultar
por tu perenne venida.
¡Amén!.