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1º domingo de Adviento
Is 2, 1-5; Rom 13,11-14; Mt 24, 37-44

Preparar el corazón para el encuentro

En el Evangelio de este primer domingo, Jesús nos invita a velar y a estar preparados porque no sabemos el día que vendrá el Señor (cf.  Mt 24, 42). Preocupados por las actividades y actividades cotidianas podemos correr el riesgo de transcurrir días, meses y hasta años sin interrogarnos seriamente sobre el sentido de nuestra vida. Y sobre todo, sin prepararnos para el encuentro final con el Señor. El tiempo de Adviento nos recuerda la importancia de la espera, de la urgencia de preparar el corazón para el momento de su venida.

En lenguaje bíblico el corazón indica el centro de la existencia y la confluencia de la razón, del sentimiento y de la voluntad. Es el lugar de la interioridad, donde estamos llamados a velar para que nuestros deseos y nuestras opciones se orienten al bien, a lo verdadero, a lo bello. Y orienten decididamente a Dios para que el encuentro con Él, colore desde ya nuestra existencia de luz, de gozo profundo y de vida plena (AB)

La comunicación nace del silencio

Todo auténtico encuentro lleva a una comunicación profunda que toca la vida y hace nacer la vida. Toda comunicación verdadera madura en un paciente período de silencio y de escucha. Es importante educar y educarse a un atento camino de escucha personal, comunitaria y social, en esta nuestra sociedad donde prevalece el rumor ensordecedor y donde escuchar y escucharse se considera una pérdida de tiempo. Hoy vivimos en medio de un susurro colosal, ampliado por la técnica y a menudo vacío de sentido. Más que discursos se producen rumores. Se multiplican los encuentros, las publicaciones, los sitios de Internet donde cada uno cree que debe decir la última palabra al mundo. Y así, algunas veces, la comunicación puede transformarse en vaniloquio, que mientras dice, ya nada dice.

La palabra, de cualquier modo expresada, para ser eficaz, debe nacer del silencio y de la escucha. Silencio – escucha es el binomio que el filósofo ítalo-alemán Romano Guardini pone en la base de su concepción dialogal. El silencio es una exigencia no sólo de recogimiento e introspección, de contacto con la voz interior, sino también de un cierto aislamiento del mundo externo, no para huir de él, sino para responsabilizarse de modo más consciente y poder llegar a una comunicación más auténtica. (MAQ)

 

Silencio

El silencio es la condición necesaria para entrar en la oración,
en la escucha de la Palabra,
que entre tantas, es el sendero
que puede permitir el encuentro. Encontramos la raíz del silencio
en diversos autores espirituales:

Cristo es la Palabra que procede
del silencio (Ignacio de Antioquía).


Orar es ante todo buscar
el rostro de Dios, pero esto
es posible sólo partiendo
del silencio interior
(R. Guardini).


El fruto del silencio es la oración,
el fruto de la oración es la fe,
el fruto de la fe es el amor,
el fruto del amor es el servicio

(Madre Teresa de Calcuta).