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El "Poder" de la Palabra
Reflexión sobre el mensaje del Papa para la Jornada de la comunicación
(Sor M. Agnes Quaglini)
El tema de la jornada mundial de las comunicaciones sociales para el año 2005: “Los medios de la comunicación social al servicio del entendimiento entre los pueblos” nos recuerda el “poder” de la palabra, que puede unir a las personas, pero también dividirlas, como dice el Papa en su mensaje, publicado puntualmente en la fiesta de San Francisco de Sales, patrono de los periodistas.
El santo Padre abre su discurso con el texto de Santiago “de una misma boca proceden la bendición y la maldición…” (St 3,10). Y aplica el concepto a la comunicación en todas sus formas, recordando la potencialidad extraordinaria de un recto comunicar, como se ha visto en la reciente campaña de solidaridad con los pueblos flagelados por el tsunami. Sin embargo, no deja de subrayar que cuando la comunicación esparce semillas por un conflicto “puede fácilmente desembocar en la violencia, en la guerra, y peor aún, en el genocidio”.
Quienes comunican, especialmente a través de los media, tienen el deber de asegurar que estos instrumentos promuevan el diálogo y conduzcan a la humanidad a vencer el mal con el bien (cf. Rm 12,21); estimulen a derribar el muro de hostilidad, que separa a pueblos y naciones, alimentando la incomprensión y la desconfianza, y consoliden los vínculos de amistad, que están en la base de la construcción del designio de Dios que tiene su inicio entre nosotros.
Un aspecto importante que el mensaje pone en evidencia es que “el modelo y el ejemplo de toda comunicación se encuentra en la Palabra de Dios”. Todavía resuena en nuestros oídos y en el corazón el prólogo de Juan: “En el principio era la Palabra…”. El Verbo que vino a habitar entre nosotros es, al mismo tiempo, palabra y proyecto: una palabra con su contenido, el proyecto de Dios, que tiene su máxima expresión en la persona de Cristo. Es una palabra creadora, fuente de vida, comunicadora de vida. Cristo, palabra hecha carne, vino al mundo para que los hombres tengan la vida y la tengan en abundancia (cf. Jn 10,10). La experiencia de vida plena manifestada en Cristo, debe ser la norma para toda actividad del hombre. Y si es verdad que la Palabra se extiende a todo el universo, no es menos verdadero que al centro está la persona, la de Cristo y la del hombre y la mujer, con todo su valor y dignidad, que debe ser transmitida y salvaguardada.
En el mensaje del Papa, la persona y la comunidad humana, son el fin y la medida de nuestro comunicar. Por esto “la comunicación debería ser hecha por personas a beneficio del desarrollo integral de otras personas” como se afirma en el documento Ética en las comunicaciones sociales, en el n. 21. De ahí la necesidad de reapropiarse del significado humano de la propia existencia, personal y la de los demás, en el pensamiento y a lo largo de la vida diaria, con su mundo de deseos y necesidades, de lenguajes diversos, de emociones y afectividad, de tiempo libre y de trabajo; es necesario, sobre todo, captar en la persona la radicalidad de su aspiración a la plenitud de vida.
Los nudos no resueltos de la vida social surgen muy a menudo de la devastación de la vida personal o del insuficiente conocimiento de sus dinámicas. Es evidente la responsabilidad de los media, de quienes los gestionan y de quienes los usan. En un contexto en el cual muchas personas se encuentran enfrentando situaciones nuevas, sin otro apoyo que las propias convicciones personales, muchos son los interrogantes que con frecuencia quedan sin respuesta.
“Ustedes son la sal de la tierra, ustedes son la luz del mundo” (Mt 5, 13-14). Estas palabras evangélicas se aplican a nuestra misión de comunicadoras y las vivimos sin ambigüedad, sin voluntad de poder, de afirmación de nosotras mismas, de funestos fanatismos, sino que las llevamos a su verdad objetiva; estas Palabras iluminarán nuestras tinieblas con una luz nueva y serán de nuevo palabras de salvación para todo hombre y para las diversas culturas.
Vivimos un momento en el cual nos damos cuenta de las grandes mentiras que con frecuencia han hecho la historia; la manifestación de tantas falsedades puede llevarnos a la confusión. Nos sentimos como en una tierra de nadie y tenemos necesidad de dar motivos a nuestras certezas. Por esto es necesario que las palabras que proclamamos vayan acompañadas con las obras, como nos solicita el texto citado: “brille tu luz delante de los hombres de modo que, al ver sus buenas obras, den gloria a su Padre que está en los cielos” (Mt 5, 16).
El Santo Padre exhorta a los comunicadores a hacer resplandecer en sus vidas “los valores y los comportamientos que están llamados a enseñar a los otros”. Palabras y obras que nos hacen portadores de un mensaje incisivo, calado en la vida concreta, pero que nace de una profesión de fe y nos hace titulares de una luminosidad universal.
Así resplandezca tu luz, la luz de los comunicadores cristianos. “Las modernas tecnologías, leemos aún en el mensaje: Nos ofrecen posibilidades nunca antes vistas para hacer el bien, para difundir la verdad de nuestra salvación en Jesucristo y para promover la armonía y la reconciliación”.
Todos sabemos cuán necesario sea todo esto. En un mundo cada vez más necesitado de unidad, podemos, con los viejos y nuevos media, favorecer una mentalidad de justicia, de comunión, de diálogo y de paz; podemos promover una conciencia y una responsabilidad planetaria; podemos anunciar el Reino de Dios y desarrollar la verdadera libertad, sólo si permanecemos fieles a la visión y a la praxis cristiana, sin perder el sentido del misterio que a todos nos supera, pero que en Cristo nos reconduce a la unidad. Para que en Él, palabra ercarnada, podamos conocer y hacer experiencia de la mirada de amor del Padre sobre toda la humanidad.
Las palabras solas no bastan para iluminar la verdad, ni para hacer crecer y educar; también nuestras palabra deben ser palabras encarnadas, vividas en opciones cotidianas y en un estilo de vida coherente y consecuente. El Reino de Dios irrumpirá en nuestra historia si somos capaces de comprender que esto está abierto a todos y que un reino de vida, de amor y de justicia no puede realizarse sin los bienes primarios para la existencia, es decir, sin tierra, sin consolación, sin perdón, sin visión de Dios, sin sentirse hijos suyos, salvados en Cristo.
El Reino de Dios debe encontrar sus inicios aquí y ahora.
Frente a las situaciones de falta de libertad y de falta de vida de muchos destinatarios de nuestra comunicación, ocurre anunciar la posibilidad de una vida en plenitud que parta concretamente de un mínimo de vida y de dignidad para todos, en el cual nadie quede excluido o reducido a ser no-persona. La comunicación debe llegar a ser forjadora de esperanza y de vida verdadera para que germine, se desarrolle y llegue a su plenitud la comprensión y la comunión entre todos los hombres y pueblos.

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