La encíclica del Papa: “Dios es Amor”

Deus Caritas est, o sea «Dios es Amor». Es el título de la primera encíclica de Benedicto XVI, presentada el 25 de enero de 2006. Es un texto de aproximadamente 70 páginas, en la edición oficial, dividida en dos partes: una dedicada a la «unidad del amor, de la creación y de la historia de la salvación» y la otra, a la caridad como «ejercicio del amor de parte de la Iglesia, cual comunidad de amor» y, por tanto, de todos los cristianos.

No se trata de una encíclica “programática”, ya que no contiene un programa de gobierno, sino que es un texto que expresa claramente cómo Benedicto XVI considere central para su pontificado, el empeño de atenerse a la sustancia de la enseñanza cristiana, que tiene su núcleo en el amor de Dios. Sustancialmente es una reflexión teológica sobre el amor de Dios y sobre la respuesta de amor de parte de cada hombre y de cada mujer, que han reconocido el amor de Dios por ellos y han creído.

Parte afirmando: « Dios es amor, y quien permanece en el amor, permanece en Dios y Dios en él» (1 Jn 4, 16). Estas palabras de la Primera carta de Juan, expresan con claridad meridiana el corazón de la fe cristiana: la imagen cristiana de Dios y también la consiguiente imagen del hombre y de su camino. Además, en este mismo versículo, Juan nos ofrece, por así decir, una formulación sintética de la existencia cristiana: «Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él» (1Gv 4, 16). Va, pues, al corazón del mensaje cristiano con estas palabras tomadas de la primera carta de San Juan, que expresan con singular claridad el núcleo de la fe cristiana, ofreciéndonos una imagen de Dios amante de toda la humanidad, hasta enviar al Hijo para salvarla del pecado y proyectarle un camino de fraternidad universal, fundado en el amor-caridad.

Un amor pleno y total

Un amor “fundado en la fe y plasmado por ella” no puede sino llevar a las personas a la plenitud del amor y, por tanto, a vivir un amor total que engloba la existencia entera y todas las relaciones humanas. En el matrimonio cristiano, éste se expresa en la unidad entre eros y agapé y representa el ligamen de Dios con su pueblo.

Considerando el significado original greco de las palabras eros y agapé, ambas referidas al amor, el eros connota la atracción física de la pareja, mientras que agapé tiene el significado de acogida y de predilección, y como tal, este término viene asumido en el lenguaje bíblico.

La encíclica exalta el amor cristiano en el que encuentra espacio el mismo eros, en la humanización de las relaciones de pareja, así queridas por Dios. Es una fuerte invitación a calificarse a sí mismos para nuevos estilos de relación que transforman la realidad y las costumbres, de modo que no contrasten con la vocación humana y cristiana. El Papa propone un camino de elevación y de purificación y también de recuperación: un amor que lleva al descubrimiento y a la recuperación del otro, englobando la totalidad de la existencia. Para llegar a la posibilidad concreta, por tanto, el amor exige la superación de los compromisos con el egoísmo, con el pecado y con la injusticia, bajo las múltiples formas que oscurecen nuestro vivir y todas nuestras relaciones. La encíclica subraya el vínculo inseparable entre el amor de Dios y el amor del prójimo, tanto que San Juan no duda en llamar ‘mentiroso’ a quien dice amar a Dios y no amar a su prójimo (cf. 1 Jn 4,20).

El tema del amor divino ha sido proclamado muchas veces por Benedicto XVI en sus homilías más recientes. En ocasión del primer Ángelus domenical del nuevo año, habló del amor divino como el "único camino que conduce a la paz". En su homilía de Epifanía, el 6 de enero, afirmó que Dios es luz y amor (cf. 1 Jn 1,5-4,8.16). Su amor supera todas nuestras divisiones, nos transforma y nos unifica, nos abre hacia todos, para que al final Dios sea “todo en todos” (1Cor 15,28).

El fundamento teológico y la perspectiva social

La primera encíclica del Papa Benedicto es un texto exquisitamente teológico, que expresa la sustancia del ser cristiano, pero vuelve a colocar también a la Iglesia y a su acción en nuestra época. Ante todo, el Papa presenta al hombre de hoy interrogantes fundamentales sobre la vita, sobre quién es Dios y quienes somos nosotros y hacia dónde nos dirigimos. En la revelación cristiana se halla la explicación a cada interrogante, encontrando la respuesta en la afirmación de Juan: "Dios es amor". La revelación del amor de Dios, en efecto, es el punto culminante de todo el mensaje del cristianismo.

En su análisis, Benedicto XVI se apresura a poner en guardia a la humanidad de los riesgos que corremos cuando nos disociamos de la dimensión real del amor cristiano. Ya en la homilía del 8 de enero había dicho: "Podemos decir que también en nuestro tiempo es necesario decir un ‘no’ a la cultura de muerte, ampliamente dominante. Una anticultura, que por ejemplo, se manifiesta en la droga, en la fuga de lo real, hacia lo ilusorio, hacia una felicidad falsa que se expresa en la mentira, en el fraude, en la injusticia, en el desprecio del otro, de la solidaridad y de la responsabilidad hacia los pobres y hacia los que sufren; que se expresa en una sensualidad que es pura diversión sin responsabilidad, que se transforma en ‘cosificación’ del hombre - por así decir - del hombre que ya no es considerado persona, digna de un amor personal que exige fidelidad, sino que se convierte en mercancía, en un mero objeto". Donde no existe entrega de sí, no puede existir el amor. 

El agapé, es decir, la eucaristía, el banquete fraterno, definido así por los primeros cristianos, es también principio de coparticipación. Benedicto XVI quiere afirmar que no existe ninguna forma de exclusivismo o de zona de pertenencia para el amor propuesto por Cristo y expresado por el pueblo de Dios en la historia, sino sólo un principio de fe: lo que cuenta es el amor de Jesús por todos.

Tratando de la dimensión eclesial y social del amor, el Papa se detiene a analizar la relación entre caridad y justicia que involucra a la iglesia, a la política y a toda la humanidad. Reclama la doctrina social, expresada también recientemente en el nuevo ‘Compendio de la Doctrina social de la Iglesia', y subraya, además, el llamado a todos los cristianos al deber de la coparticipación y de la solidaridad para la construcción de un mundo más justo y fraterno. La iniciativa solidaria de los cristianos, afirma el Santo Padre, no está ligada a ningún partido y está desligada de toda ideología. Ésta representa la realización “aquí y ahora del amor del cual el hombre siempre tiene necesidad”, la necesidad de recibir y de entregar amor, para sentirse hijo de Dios y hermano de todos.

Un mensaje de unidad

De las primeras páginas de la encíclica Deus caritas est, emerge así, una importante reflexión sobre la unidad, la comunión entre Dios y el hombre: la unidad en el matrimonio entre hombre y mujer, la unidad entre Dios y el hombre en el sacramento de la Eucaristía, pero también la unidad entre los cristianos que participan a la Mesa eucarística, con todos los hombres de buena voluntad.

El pontífice intenta volver a colocar la doctrina social de la Iglesia en un ámbito que es del todo extraño a motivaciones políticas y que se nutre esencialmente de razones espirituales y se arraiga en la palabra de amor que nos ha sido transmitida. Esta palabra de amor es la que engendra a la vida y mantiene en vida. Escucharla significa dejarse fecundar en las mediaciones en las cuales se comunica, conservarla y meditarla en el corazón (cf. Lc 2,19.51). Significa acoger y dejarse acoger, vivir y actuar en comunión, venciendo las resistencias que contrastan la irradiación histórica. Significa despertar la esperanza que “se articula en la virtud de la paciencia… y de la humildad que acepta el misterio de Dios y se fía de Él también en el fracaso”. Significa transformar la realidad, hacer entrar la luz de Dios en el mundo, gozar con lo cotidiano y anunciar el Evangelio del gozo y de la paz. En fin, vivir todo esto significa encarnar e inculturar en la historia de cada uno y de todos el plan de amor de Dios y hacer la realidad personal y social, cónsona a su llamado.

Si cada viene de Dios, de su amor, todo debe llevar a Él y suscitar en cada uno, de nosotros una respuesta de amor, con el fin de hacer visible al Dios viviente. Esta meta desafía cada día a la inventiva de los creyentes.

Sor M. Agnes Quaglini

Carta Encíclica: Deus Caritas Est