Una invitación para construir Comunión
Al margen del Mensaje para la XL Jornada mundial de la Comunicación Social

(Sor M. Agnes Quaglini)

El desarrollo de la comunicación al final del siglo pasado y al alba de este nuevo milenio tuvo un incremento formidable. Y esto debido indudablemente a las nuevas tecnologías comunicativas, a la dilatación de la gran Red, al fenómeno de la globalización que a ésta se conecta, a la nueva movilidad que ha tenido un incremento inimaginable en estos últimos decenios, haciendo realmente al mundo una aldea global.

Nos preguntamos: En nuestro mundo, en nuestras comunidades, en los Países en los que vivimos y en los otros, que ciertamente conocemos un poco mejor que en otro tiempo ¿ha crecido la comunión? Aún reconociendo el potencial enorme de los media para crear nuevos conocimientos, que es la base de toda relación humana y social, debemos admitir que estamos muy lejos de la comunión querida por Cristo y auspiciada por los numerosos documentos y mensajes de la Iglesia.

A nuestra humanidad la vemos cada vez más fragmentada y dividida. Crecen los conflictos, las guerras, el terrorismo, las luchas de religión y los hechos de violencia al interno mismo de las familias, que deberían ser cenáculos de amor y de comunión entre cónyuges y familiares, entre padres e hijos. A menudo se tiene la impresión de asistir impotentes a estos males que angustian a nuestra humanidad. Y sin embargo, la vocación de todos es la fraternidad, de la que solo puede florecer la comunión.

Nuestra vocación a la comunión

En su mensaje para la XL Jornada mundial de las Comunicaciones sociales, el Papa Benedicto XVI reclama una vez más el poder de los media de influenciar a toda la humanidad y crear una “red de comunicación, comunión y cooperación”. Afirma después, remitiéndose a la Dei Verbum, 21, que San Pablo, en su carta a los Efesios, describe atentamente nuestra vocación humana a participar de la naturaleza divina. “A través de Cristo, él agrega, podemos presentarnos en un solo Espíritu; ya no como extranjeros o huéspedes, sino conciudadanos de los que forman el pueblo de Dios, hasta formar un templo consagrado al Señor y ser morada de Dios (cf. Ef 2,18-22)”.

El centro de unión, la fuerza dinámica que nos puede involucrar eficazmente a todos y hacernos receptivos y difusivos de aquel amor que solo puede mitigar el corazón de cada hombre y mujer y salvar el mundo, es Cristo Jesús. Es éste el Cristo que todos nosotros debemos anunciar con “valentía y resolución”, con creatividad, para que el sublime retrato de una vida de comunión involucre a todas las personas y a todos los aspectos de la vida.

El Santo Padre dirigiéndose a la multitud de jóvenes reunidos en Colonia para la Jornada Mundial de la Juventud, dijo una vez más: “La invitación a aceptar con autenticidad la auto comunicación de Dios en Cristo significa, en realidad, un llamado a reconocer su fuerza dinámica dentro de nosotros y que desde nosotros desea expandirse a los demás, para que este amor llegue a ser realmente la medida dominante del mundo”.

La aspiración a la comunión está en el corazón de cada hombre y de cada mujer; tiene el sigilo de Dios que la ha instilado en el primer Adán y también que después del pecado está continuamente actuada y reforzada en Cristo. Por medio de su cruz y de su resurrección, Él ha derribado el muro que separaba a los pueblos, reconciliándolos con Dios y ha difundido su espíritu en todos los corazones, llamando a todos a formar en él un solo pueblo, un solo cuerpo, una sola Iglesia. La Iglesia que también con nuestro aporte continúa realizando esta comunión, porque tiene conciencia de ser un signo profético de unidad y de paz para el mundo.

La necesidad de ‘redimir’los media

No podemos sub-valorar la fuerza de las trágicas tensiones entre ambientes sociales y también religiosos, a menudo agigantados por los mismos canales de la comunicación. Baste pensar a las recientes reacciones ante algunas imágenes inoportunas y a su resonancia aumentada, a los conflictos que continúan creando fosos peligrosos. El Papa recuerda en su mensaje: “Cada día constatamos que la inmediatez de la comunicación no necesariamente se traduce en construcción de colaboración y comunión al interno de la sociedad”. De ahí que también la comunicación tiene necesidad de ser redimida para poder expresar una información objetiva y dar espacio a todo el valor positivo y a los motivos de esperanza, para sanar las heridas y ofrecer posibilidades concretas de diálogo abierto y de colaboración confiada que construyen solidaridad y comunión.

Si es verdad, como afirma la última encíclica “Deus Caritas est”, que“el amor será siempre necesario, aún en la sociedad más justa”, ocurre seguir comunicándolo, haciéndolo emerger con obras de amor y ayudando a las personas a conocerse mejor y a apreciarse recíprocamente en sus legítimas diversidades, a superar en la comprensión y en el amor, las barreras de todo tipo que dividen o irritan nuestras relaciones. Se hace necesaria una comunicación solidaria que ayude a cada uno a sentirse responsable de todos y al mismo tiempo se sienta sostenido por la responsabilidad de los otros.

Ya en la Communnio et progressio 12 se afirmaba que los media están llamados a ser vehículos eficaces de amistad y de auténtica promoción del hombre, que deben ser canales y expresión de verdad, de justicia y de paz, de buena voluntad y de caridad creativa, de mutua ayuda y de amor y comunión.

Cómo construir comunión

Construir comunión significa recordar que todos somos Hijos de Dios y hermanos en Jesucristo, y por tanto, comprometidos a construir puentes de solidaridad para poner a prueba, más allá de los obstáculos que a pesar de todo existen, la fraternidad efectiva y afectiva que nos pone a todos con los otros y los unos para los otros, en la búsqueda del bien común, valorizando el camino privilegiado de la comunicación.

Reporto aquí un comentario hecho después de la publicación de las viñetas sobre Mahoma, de Mons. Vincent Landel, Arzobispo de Rabat (Marruecos), y publicado por Zenit.

«¡Si el otro se convirtiera realmente en mi hermano!».
¿No es esta la cuestión que hay que plantearse ante el debate que circula en los medios?
Si el otro se convirtiera realmente en mi hermano, ¿podría yo poner en cuestión la fe que le hace vivir?
¿Podría yo burlarme de una manera u otra de sus creencias?
Si el otro se convirtiera realmente en mi hermano, ¿podría yo hablar de libertad sin vivir el respeto?
Si el otro se convirtiera realmente en mi hermano, ¿podría yo rechazarle con actos de violencia contra su persona o sus bienes?
Si el otro se convirtiera realmente en mi hermano, ¿podría yo permitirme hablar de él negativamente a sus espaldas? ¿Podría yo permitirme destruir incluso hasta su intimidad?
Si el otro se convirtiera realmente en mi hermano, le podría encontrar en verdad, podríamos hablar simplemente, incluso sin estar de acuerdo en todo.
Si el otro se convirtiera realmente en mi hermano, su encuentro me haría crecer; y estoy seguro que él también crecería.
Si el otro se convirtiera en mi hermano, nuestras miradas podrían cruzarse y una sonrisa verdadera iluminaría nuestros rostros.
Si el otro se convirtiera realmente en mi hermano, ¡qué mundo tan apasionante podríamos construir!

Es un texto que no tiene necesidad de comentarios, porque expresa con mucha eficacia el mundo nuevo que estamos llamados a construir juntos.

El desafío de las nuevas tecnologías

Para construir comunión no podemos ignorar el desafío de las nuevas tecnologías. Estas nos solicitan hoy de estar presentes en la escena del mundo, para poder hablar y comprender los nuevos lenguajes de los hombres y de las mujeres de nuestro tiempo, y podernos relacionar con ellos de forma comprensible. Sin entenderse no se construye nada.

Los medios informáticos, con las nuevas potencialidades expresivas y comunicativas, abren caminos inesperados de conocimiento, crean nuevos puntos de encuentro y de comunión que no podemos desconocer, por el contrario debede encuentro y de comunión que no podemos subvalorarlos, sino valorizarlos al máximo para narrar la vida y abrirla hacia nuevos horizontes. La nueva frontera de la interactividad aún no está del todo explorada para descubrir en esta extraordinaria posibilidad las nuevas oportunidades de comunión. La comunidad virtual no debe quedar como algo irreal, como algunos creen, sino que puede llegar a ser una comunidad verdadera donde muchas personas verdaderas encuentren el espacio para cimentar intereses comunes verdaderos, abrir un diálogo, intercambiar ideas y pensamientos, extender la realidad comunitaria, realizar juntos actividades constructivas y crear relaciones nuevas de amistad y fraternidad, también éstas verdaderas.

La evan­geli­zación misma, que tiene como última meta la comunión entre nosotros y con Dios, en esta nuestra cultura digital, es diversa de la desarrollada por la Iglesia en los últimos siglos. En el centro está siempre Jesucristo, pero el método y los lenguajes cambian, ofreciendo las oportunidades de intercambio entre muchos.

Por lo tanto, podemos decir que la gran Red es la nueva frontera que nos desafía hoy si queremos extender los espacios de nuestra comunión y hacer resonar el mensaje del Dios con nosotros, del Cristo muerto y resucitado, para que cada hombre, cada mujer pueda sentir la ‘compañía’ de otros hermanos y hermanas en camino hacia la comunión perfecta.

Pero para descubrir nuestra identidad comunicativa como constructores de comunión y para aprender a conocer al otro e iniciar con eficacia el proceso relacional, cualquiera sea el medio che valorizamos, debemos comprometernos a formular siempre palabras creíbles, concretas, auténticas; palabras transparentes, genuinas, en grado de transmitir vida verdadera y de ayudar a encontrar la vida y la historia de cada persona, para que ésta pueda comprender y acoger todo cuanto queremos comunicar.

El mensaje que se debe transmitir y la imagen por revelar es siempre el rostro de Cristo. Esto debe emerger límpido de todo lo que comunicamos, para que el mundo lo conozca y lo ame. Pero este mensaje y todo mensaje positivo, además de los soportes comunicativos, tiene siempre necesidad del testimonio de nuestras vidas. El testimonio personal y comunitario de nuestra fe, de nuestra esperanza y de la caridad. El testimonio de los valores de comunión que creemos y profesamos. De hecho, estamos llamadas a ser como una ciudad puesta en el monte (cf. Mt 5,13), una lámpara puesta sobre el candelabro y por tanto, visible para todos, de modo que nuestra luz y nuestro amor resplandezcan como un faro que indica el camino e invita a todos a la comunión verdadera y que llena los corazones de gozo y de paz.